lunes, 1 de septiembre de 2008

No hay edén, hay exilio

Hay, en el Libro de las transformaciones que el poeta peruano Isaac Goldemberg publicó recientemente, un poemario breve y conciso que alude a las interrogantes en torno a la poesía pero, sobre todo, a las preguntas que el ser expresa en relación con la idea de Dios. Sin embargo, el propósito de Goldemberg no es buscar lo sagrado para —unido a él, en su contemplación o en su gracia—, alcanzar momentos de iluminación instantáneos que consigan hacer cierta aquella idea expresada por Baudelaire cuando nos habla de la necesidad del poeta de adueñarse inmediatamente, sobre esta misma tierra, de un “paraíso revelado”.

No hay edén. Hay exilio. Un destierro que alcanza la galaxia toda pero que alude a un escenario que es el mismo de siempre: “De repente, la situación interplanetaria / pasa a ser la del humano, / la clásica situación existencial: infi erno y paraíso pasan / a ocupar el mismo espacio.” Un exilio en el que “hombres y mujeres carecían de la voluntad de soñar/ y gemían en el espacio privado.” Una expulsión que implica la vida en un sitio –en la aldea global y más allá– donde vestido de banalidad, de poder, de hambre, el terror campea. Y Dios, ¿dónde está Dios? En todos lados y en ninguno.

Este “Arte po/ética con Dios en el medio” como se titula uno de los poemas incluidos y que bien podría nombrar a la reunión de estos textos, es la verificación de aquel que ha luchado con Dios, o por lo menos con su idea. El cuestionamiento de la existencia de Dios parece la constante, sin embargo ¿no es su sola enunciación, la prueba de su existencia? “Porque Dios es la idea / de todos nosotros, / recemos juntos, /cada quien con su cada Dios” dice un Goldemberg deseoso de olvidar las diferencias religiosas. Su petición nos recuerda que el rezo es, ante todo, verbo, solicitud en acción de palabras, poema a fin de cuentas. Pero así como Dios, la poesía supone asimismo tela de dónde cortar y como Él, ha sufrido también “la mayor devastación”. El motivo de esta catástrofe es similar a la del Creador y la palabra poesía y la de Dios resultan intercambiables:

La poesía era la poesía
y el humano era el humano
y ocurrió que ya casi nunca se encontraban
la una con el otro.

Sin embargo, en el libro de Goldemberg a la palabra se le confiere un poder mayor pues “todo Dios y todo humano cohabitan / en el mismo tiempo y en el mismo espacio, / donde todo es manejado por el todo poético. /Dioses, humanos, gatos, líquenes, algarrobos / son acumulaciones de genes poéticos. /Y todo parto poético es el big bang / entre todo espacio y todo Dios. / Entre toda nada y Su más íntima condición.”

A pesar de sólo haber servido a sus propios propósitos, de haber perdido su contacto con los hombres, —esos hombres desconcertados “sin saber qué hacer porque todo el mundo conocido / había sido destruido por el fi n de la historia” — la sola enunciación de la palabra poética es también el triunfo de la poesía sobre el tiempo histórico y así, en su fundamento, la lengua, se convierte en uno de los dos caminos de regreso a la tierra natal, al edén... Leer más

Isaac Goldemberg, Libro de las transformaciones. Prólogo de Eduardo Espina y Róger Santibáñez. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2007.