martes 7 de julio de 2009

Out, irreverente, cool

El primer aviso de mi desfasamiento temporal no lo obtuve frente al espejo sino en un consultorio médico, cuando el ginecólogo quiso disipar mi angustia advirtiéndome que no había motivo de preocupación pues él era, lo dijo muy orgulloso, un “especialista en embarazos de señoras añosas”. El nacimiento de mis hijos me procuró, sin embargo, otra manera de mantenerme “al día”. Gracias a ellos pude volverme una experta en la música del dinosaurio de dudosa sexualidad, me convertí en fanática de las cintas producidas por Marvel, conseguí todos los carteles de Harry Potter y pude asegurar, como David Huerta, que la obra de Rowling era casi un clásico contemporáneo. Fueron también la excusa predilecta para informar que mis únicos acercamientos al séptimo arte se reducían a los filmes infantiles y encontré en su reiterada compañía datos suficientes para afirmar que cualquier obra forma parte de la cultura.

Lo de la música estuvo más difícil, pero afortunadamente, la “clásica” me salvó de conocer manifestaciones más allá del recién fallecido Jackson o de Madonna y nada supe de bandas, movimientos e intérpretes que no tuvieran que ver con Hanna Montana o High School Musical. Con dificultad soslayé el conocimiento de extraños fenómenos como algo que se llama “manga” adjetivo que mis alumnos del taller de cuento lanzaban con desdén a sus compañeros cuando leían algún texto que yo, ilusamente, califiqué de literatura fantástica para no herir los sentimientos de los futuros narradores.

La poesía me mantenía aún en la batalla pero bien me daba cuenta de que ahora la cosa era distinta. No por la poesía en sí —si es que había— sino por su representación circense. Lo que más me dolía era pensar en mi estatura y lo ridículo de mi apariencia en un cuadrilátero poético o “teatralizando” mis poemas frente a la audiencia. La única experiencia similar me había ocurrido hace algunos años, en el festival de Rotterdam, dedicado en aquella ocasión al Mediterráneo. En un auditorio inmenso, con más de 400 personas, los poetas debíamos leer en un escenario que simulaba la arena sobre la que, probablemente, Penélope lloró mientras tejía. No me sobresaltó el temor de leer frente a tanta gente, sino la altura infinita del micrófono: un pedestal como mástil clavado en el centro de mi uno cincuenta y seis cm. de altura. De puntitas leí mi poema intercambiable: un texto sin título que me ha servido para acudir, con diferentes nombres, a este tipo de veladas. En Holanda se llamó “Regreso a las islas griegas” que jamás había conocido y a las que nunca he vuelto.

Lo que más problemas me ha ganado es mi incapacidad para entender el término “irreverente”. Todo ahora lo es. Cuando pregunto en clase por qué les gusta o no cualquier lectura, aparece la palabrita que imagino panacea de la crítica contemporánea. Ser o no ser irreverente equivale a lo que en mi lejana niñez significaba ser “in” o “out”. Pitol es irreverente, Paz solemne. Villoro es irreverente, Rossi es aburrido. Bolaño es El Irreverente. Mis hijos tampoco conocen esa palabra. Para ellos todo es, o no es, cool (kul escriben en el chat).

Como formo parte del consejo de redacción de Literal, intenté escribir algo sobre el próximo tema de la revista que tratará sobre el comic. Fracaso rotundo. Mi experiencia sobre el tema es nula. No conocí a Chanoc, ni a la familia Burrón o Memín Pinguín. De Kalimán sólo supe que exigía paciencia, porque mi padre me prohibió frecuentar esas publicaciones con la máxima: “todavía hay clases sociales”. Así que sólo Archie, el pato Donald y la pequeña Lulú me fueron permitidas. Jamás leí Watchmen y de los superhéroes apenas ahora conozco las versiones cinematográficas dobladas. Comprendí que mi desfasamiento era irreversible y que, como decían mis primos los mayores, estoy definitivamente out.

miércoles 10 de junio de 2009

Oración fúnebre por Alejandro Rossi, de Adolfo Castañón


El domingo pasado, durante el homenaje de cuerpo presente que se le rindió a Alejandro Rossi en el Palacio de Bellas Artes, Adolfo Castañón leyó el siguiente texto, publicado en su página, que ahora reproduzco con su consentimiento.


Oración fúnebre por Alejandro Rossi

(1932-2009)


Nos hemos reunido aquí para dar con esta oración fúnebre un último adiós a nuestro querido amigo, maestro y padre intelectual Alejandro Rossi, Alejandro Rossi Guerrero, en esta ceremonia convocada por el gobierno de la República a través de la Secretaría de Educación Pública, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en este recinto de Bellas Artes en compañía de su esposa Olbeth y de sus hijos, nietos, amigos y compañeros de la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio Nacional, El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica.


“Todas hieren, la última mata”, dice Horacio, y a él, Alejandro Rossi, le acaba de tocar esa última hora que es también la primera de su ausencia. Nació Alejandro Rossi en la noble ciudad de Florencia, de madre venezolana y padre toscano. Corría por su sangre la heroica del general José Antonio Páez bajo cuya mirada parece haberse escrito ese libro prodigioso titulado La fábula de las regiones, que es como una sinopsis vivida y soñada de nuestra dolorida América y de la álgida Venezuela de sus amigos poetas y filósofos como Eugenio Montejo, Juan Nuño, Federico Riu y la de su hermano Félix. La Universidad Nacional Autónoma de México lo albergó desde principios de los años cincuenta; donde venía desde la profundidad cosmopolita —Buenos Aires, Florencia, Caracas— de aquel Edén, vida imaginada que luego nos regalaría Alejandro Rossi antes de morir como una joya que sólo se muestra al que sabe que va a morir.


A Alejandro Rossi no le gustaban los patetismos fáciles ni hubiera aceptado la ficha bibliográfica como elogio fúnebre. Sin embargo, es inevitable empezar a hablar en voz alta de la asombrosa trilogía literaria —ya podemos romper el silencio— que arman Manual del distraído, La fábula de las regiones y Edén que han reinventado cada una el mundo de su género y juntas la prosa narrativa hispánica en su conjunto. Un largo y fecundo camino lo llevó a crear esas islas afortunadas del idioma: llegó primero a la ciudad de México poco después de cumplir veinte años procedente de Berkeley y, antes de Buenos Aires. El camino hacia esta casa llamada México se lo mostró Vicente Gaos quien vio en él buena madera, de discípulo ideal, para su hermano el filósofo José Gaos.


Gaos le supo enseñar el camino de las ideas que es el camino, el rumbo de la crítica. “Este fue el nombre de la revista —Crítica— de filosofía analítica que fundaría años después con Luis Villoro y Fernando Salmerón en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam que fue como su segunda casa. Acaso por el ascendiente indirecto de José Gaos a cuyo seminario sobre la traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger asistiría Rossi acompañado de fieles conjurados —Villoro, Portilla, Uranga—, al terminar su tesis sobre Hegel, dirigió sus pasos hacia la cabaña de la Selva Negra donde sesionaba el seminario del filósofo alemán. Estudió ahí un par de años, pero de nuevo, la diosa crítica lo lleva a apartarse de ese pensamiento devorador y buscar otros horizontes en la filosofía británica y en el positivismo lógico de Ayer y Gilbert Ryle. La vocación crítica de Alejandro Rossi tenía no poco de poética y de ética, de lógica y de lúdica, algo sorprendentemente humano, humanísimo que llevaría a Alejandro Rossi a dejar de lado sólo en apariencia la filosofía para poner en prosa susurrada una inédita crítica al aquí, a nuestra opaca y sorda metafísica de las costumbres a la que él supo devolver su música de esferas en esa obra inagotable Manual del distraído, libro que a unos meses de publicado pasó a ser un clásico en parte por haber sabido resucitar a Borges, Bioy y Bianco. Ese es el primero de los tres libros con que se levanta la limpia arquitectura literaria de la obra de Alejandro Rossi.


Mientras tanto, a Alejandro Rossi le gustaba conversar y darle la vuelta a la argumentación como si fuese una mascada de mago de donde iban saliendo palabras y conejos. Tal vez fue eso o su valentía de hombre libre y de amigo leal hasta el sacrificio lo que lo acercó a Octavio Paz y a toda esa constelación de amigos como Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Kasuya Sakai, Julieta Campos —entre los que se han ido— y Gabriel Zaid, Tomás Segovia, José de la Colina, Teodoro González de León, Fernando Pérez Correa y Enrique González Pedrero entre los que aún nos acompañan.


A Alejandro Rossi le gustaba conversar y era muy difícil despedirse de él porque al menor parpadeo volvía a enganchar el tren de la fábula y la idea. Además de ser maestro y escritor eminente, universitario cabal e íntegro ciudadano muy activo de la república de las letras, Alejandro Rossi supo ocasionar entre nosotros el genio y el arte de la conversación hasta despertar en sus interlocutores la misma pasión por las ideas que a él lo animaba, hasta despertar, de conversación en conversación, al genio de la ciudad, al genio de la Universidad… El arte de la conversación resucitado por Rossi en la universidad o fuera de ella es un arte civil, un arte política. Por eso la pérdida de Alejandro Rossi es una pérdida para la ciudad.


Dije al principio que nos reuníamos para decir adiós a uno de los más altos pensadores y escritores mexicanos e hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo xx y de principios de este siglo. Debo corregir pues el que se va al morir, en realidad se queda en nosotros, velando silenciosamente por nosotros que nos quedamos huérfanos de él. Parafraseando a su amado Jorge Luis Borges sabemos que Alejandro Rossi nos sueña y nos acompaña, nos juzga y entra erguido como el día en la noche. Que sólo se ha ido para hacernos adivinar cómo sería el mundo sin esa conversación magnética capaz de salvar el rostro de la ciudad con un par de frases inteligentes en sus imágenes y en sus semejanzas.


Fare thee well and if forever, forever well.

sábado 30 de mayo de 2009

Tres poemas porque sí

1

La merced de la luz no sólo es el prodigio

cuando amanece el mundo. Dádiva de retoño,

su caricia redonda es ingrediente

de aves y naranjas.


La luz va siempre en busca

de imagen que la nombre y a veces

toma sitio donde ya no la esperan. Vista

su claridad, desaparece. Por donde vino

va, vistiéndose de otoño

y anticipando al viento.


Aura de la tímida piedra, inclemente

también si de adioses se trata,

su cuerpo es linde, linfa,

azoro y alimento.


Así tu nombras flor:

la luz

la anémona imprevista.


2

La forma, la tibieza:

arena donde pisas.

Marzo, marzo.

desfilando el color y las formas,

ordenamiento de las cosas inocuas:

incluso el cuerpo, si los ojos vendados.



Allí volvemos, marzo, apretando los párpados,

invocando la hora, el nombre, la palabra.

y no ha cambiado nada. Permanece el deseo

aroma y floración.


No querríamos saber y volveríamos ciegos,

de todo renunciados;

con esa sencillez de la música inundando la tarde,

dispersándola.


La forma, la tibieza de las manos

para advertir el braille secreto en cada rostro,

la charla en el perfil silencioso, vibrando en su mutismo.


No querríamos saber

mas volveremos mudos,

sordos,

con sólo el cuerpo domesticando la palabra que indaga,

abatiendo los ojos que siempre buscan hacia fuera.


Sólo con boca y manos

tendiendo un puente hacia el orden

reunido. Sin otra exigencia que el abrazo sonámbulo;

en medio de la luz

pero cegados.



Al abandono del tacto, del aroma,

las cosas como son,

la forma, la tibieza.

Sólo entonces abriremos los ojos y escucharemos.

Cuando memoria y razón

y su palabra

se confundan, desaparezcan bajo tu claridad sonora,

marzo.




3


No sólo trabajar.

También vivir agota. Ver

cómo pasa el día,

uno y más días

idénticos al otro

al que vendrá mañana.


Sólo de ver

se desvanece el día

y uno espera la noche

como si fuera un dije

que lo cambiara todo

transformara el cansancio

febril de nuestros huesos

ese dolor

intenso que nunca tiene nombre

pero ahí permanece

hinchando nuestra manos

acentuando

el perfil de unos rasgos

que no se reconocen como propios.



Nudos

brotes,

raíz

y ligamentos

torcidos

por el paso del tiempo

se acrecientan de noche

y son bosque de venas

palpitando: el corazón del árbol

que remueve sus hojas

en busca de algún aire.



Aire es lo que no hay

y vuelve la mañana.

Vuelves a abrir los ojos.

lunes 25 de mayo de 2009

Los pies del gato (poesía y sentido común)


No le busques tres pies al gato

sabiendo que tiene cuatro.


Siempre que me preguntan “¿qué es la poesía?” me quedo perpleja. Dependiendo del interlocutor asumo gestos o posturas convenientes, traigo a colación mi desmemoria habitual, acudo a los dioses infalibles del lirismo; si logro recordarlo, refiero a los clásicos, plagio (ahora que está de moda la palabra entre los poetas mexicanos) a diestra y siniestra; pero siempre me quedo con el alma en un hilo, sabiendo que, efectivamente, no sé.


Frente a una clase con jóvenes deseosos de entender “el chiste de la poesía”, que nada les dice a pesar de mis esfuerzos, padezco el aura anterior a la pregunta. Yo leo y les leo, intentando desterrar de mi voz la intensa languidez que aborrezco cuando me topo con las poetas "íntimas". Quisiera que por ósmosis la voz de la poesía los habitara. Me equivoco: no la voz, el cuerpo. Nada sucede y la pregunta se abre paso bajo el rumor audible de mi desconcierto.


La semana pasada la desesperación me llevó a devolver la pregunta: “Cuando miras al gato, le preguntas ¿qué eres? o miras su placidez fingida, su ráfaga de huellas, la canción que despliega cuando salta, te mira y él sí te reconoce”.


Admito la idiotez del símil. Los ojos turbados del muchacho se fijaron en mí y supe que mi gato se había ido a no sé qué tejado visible sólo para mi incompetencia.


La tarea del poeta es cosa más sencilla de explicar, añado, buscándole pretextos a la llana ignorancia: busca los tres pies al gato y de pronto lo encuentra, íntegro, verdadero: ese otro gato que repele el sentido común.

domingo 10 de mayo de 2009

Última visita de Luis Ignacio Helguera


Con los ojos al cielo, pidiendo ya clemencia o acaso una señal, anoche vi llegar el fin del penúltimo día de contingencia sanitaria. Con el cerebro licuado procuré inventar una más, la última, actividad para mis hijos. Sacamos una enorme caja de fotografías que no habían sido incluidas en ningún álbum desde que llegamos a Xalapa. Emiliano las extendió sobre la cama y de pronto una llamó su atención. La fotografía fue tomada el 12 de mayo de 1995, el día de mi boda con David. En ella aparecen varias personas que no logro reconocer y otras cuya presencia en mi vida ha sido, de alguna u otra manera misteriosa, fundamental. En el margen izquierdo logro distinguir a Rodolfo Mata y a su mujer; junto a ellos están, aún sin conocerse, Rose Mary Salum y Gustavo Jiménez. Junto a la puerta que da a al pequeño jardín interior de la casa de mi hermana advierto, de espaldas, el saco mostaza de Aurelio Asiain, y más allá, otros amigos que en aquella época colaboraban en el Semanario de Novedades y en Vuelta. “¿Por qué está rota?”, me preguntó Emiliano, señalando con el dedo una evidente ausencia en el margen izquierdo de la imagen.


Conocí, o reconocí, a Luis Ignacio Helguera el día de la presentación del libro Sendas de Oku en un edificio enorme, blanco, con un amplio pasillo. No recuerdo si era un museo o el Centro Bancomer. He olvidado, también, la fecha. Allí aseguró que me había visto antes, en otro sitio, pero ni él pudo hacer memoria ni yo deseaba que lo hiciera. Por razones que no viene a cuento mencionar, me estaba recuperando de una larga enfermedad que me produjo una especie de amnesia selectiva por espacio de varios años. Tenía miedo de todo y de todos.


No sé con exactitud cuánto tiempo pasó entre la primera vez que lo vi y el momento en que empezó nuestra amistad. Lo cierto es que, quizá a mediados de 1993, David me invitó a la tertulia que todos los jueves se llevaba a cabo en La Tasca Manolo. Quien la animaba era justamente Nacho y pasamos a formar parte de los habituales, junto con Álvaro Quijano y Ernesto Hernández Busto. Allí, después de ordenar unos champiñones al ajillo y la inevitable chistorra, pasábamos varias horas platicando o jugando dominó. No pocas veces llegaron algunos amigos del Konditori, la “tertulia de té y galletas”, se burlaba cariñosamente Nacho. Entonces aparecían Juan Villoro, Tony Deltoro o Rosa Beltrán. Había otros que, pienso, no estaban “abonados” a ningún café o restaurante y cuyas visitas eran ocasionales: Aurelio, Daniel Sada, Carlos Miranda, Guadalupe Sánchez Nettel (hoy Guadalupe Nettel); sin embargo, por lo general estábamos los de siempre.


Nacho y yo no hablábamos nunca de poesía. Un día descubrimos que nos unían otras pasiones: la felina (él era un aficionado del alicaído León; yo, de los Pumas) y el amor por Brahms. Con esa suerte de ironía reprimida que siempre caracterizó a Nacho cuando hablaba conmigo al principio de nuestra amistad, me dijo: “Qué raro. A las mujeres no les gusta Brahms y no lo conocen”. Supe que era el inicio de un examen y supongo que aprobé porque desde ese día Nacho cambió su actitud amable pero distante y se volvió gentil, cariñoso, entrañable.


Sospecho ahora que otra cosa más me unía a Nacho: el amor por ciertos objetos o muebles. No sé si él, como yo, pensaba que los objetos guardan una parte, aún animada, del ser que fue su dueño. Por razones que otros atribuirían al azar —yo, al destino—, la mayor parte de mis muebles pertenecieron antes a otras personas. El piano donde estudia Emiliano fue de mi abuela, el sillón de mi sala es el mismo donde Álvaro Quijano se sentaba durante sus terapias; cinco de mis libreros fueron de Aurelio Asiain, etcétera. Nacho amaba el imponente comedor de sus antepasados, estableció extrañas disputas por los muebles de su baño; alguna vez me contó la molestia que le causaba no poder recuperar los recipientes donde una tía le había preparado la cena de una triste navidad que compartió en casa de algunos amigos. Sin embargo, era capaz de regalar discos inencontrables, primeras ediciones de viejas antologías de poesía, raros diccionarios, o la obra completa de algún poeta inglés, en edición de lujo que pasó, como en los otros casos, de su librero lleno de sorpresas al nuestro.


Nacho era, ante todo, un amigo de capa y espada. No sin cierta impaciencia, pero siempre con afecto, escuchaba mis reclamos imprudentes contra amigos comunes. Tratando de disculparlos, finalizaba diciendo, “es mi amigo” y yo sabía que era el momento de callarme. Sé bien que hizo lo mismo cuando el amigo odioso o imbécil fui yo.


Cuando nació Valeria, Álvaro ya había muerto y Ernesto se había ido de México. Dejamos de asistir a la Tasca Manolo. Nacho nos visitaba en la casa. A partir de entonces, nunca llegó sin un ramo de flores que sonriendo entregaba a mi hija, cuya escasa edad le impedía apreciar ese gesto delicado. Volvimos a reunirnos con cierta frecuencia cuando Aurelio nos invitó a formar parte de (Paréntesis). Casi siempre fui sola pues por esas fechas se manifestó en David el inicio de un proceso misántropo, tal vez irreversible. En el viejo y oscuro edificio de Campeche 429 donde estaban las oficinas, me sentaba junto a Nacho, como si fuera un talismán, para vencer un doble miedo: el que me provocaba la incertidumbre de lanzar alguna estupidez delante de los presentes y el pavor que después del temblor del 85 me producía, y aún me produce, aventurarme a partir de la Condesa: frontera inestable de lo que para mí era el principio de un territorio oscuro y lleno de peligros. Yo deseaba, más que cualquier otra cosa, que esa revista tuviera un futuro luminoso; que en medio de mi caos devolviera las cosas a su orden… pero nombre es destino. Empecé a faltar a las reuniones cuando el miedo fue mayor que mi deseo.


Pocos días antes de su muerte, Nacho habló a mi casa. Salvo ocasionales encuentros, hacía tiempo que ésa era la única forma de nuestra comunicación. Sabía que yo alimentaba un voraz archivo de notas, recortes de periódicos y revistas y quería que le buscara alguna nota suya, perdida durante sus mudanzas. Prometí hacerlo a cambio de que fuera a ver a Emiliano, que recién había cumplido un año y aún no lo conocía. Nunca pude entregarle la nota.


La imagen de Nacho me acompañó después de ese momento de manera obsesiva. Su imagen, sus palabras, me seguían. Cuando nos mudamos a Xalapa escribí un mensaje a mi lista de correos, avisando mi cambio de domicilio. Yahoo me devolvió el enviado a hell62, el correo de Nacho. Pero el sueño no conoce las deficiencias de la tecnología y durante dos años uno recurrente me hacía despertar sudando a las dos de la mañana. En una ciudad vacía y deprimente, Nacho me entregaba un regalo: unas joyas escondidas bajo un cúmulo de nieve. Cuando David empezó a soñar también con él supe que algo debía hacer.


Siempre he luchado denodadamente contra mi ser irracional y mi carácter supersticioso. Pero en casos de angustia, la burra vuelve al trigo. Era finales de octubre. A las tres de la mañana busqué una foto de Nacho. Sólo tenía imágenes colectivas. De alguno de los álbumes recorté una de las fotos de mi boda. Bajé y la puse en la ofrenda junto a las flores de cempasúchil y le rogué a Nacho que no se me apareciera en sueños.


Anoche, a las dos de la mañana, desperté. No soñaba con Nacho, pero fue lo primero en que pensé y ya no pude dormirme. Sé dónde está su foto y ahí está bien. Prendí la computadora y busqué su nombre. Supe entonces que debía creer en el azar objetivo y en su amor por las formas de la amistad. Anoche tuvo la gentileza de esperar a que abriera los ojos.

sábado 25 de abril de 2009

Vivir en el limbo

Hace algunos años un querido amigo —Rodolfo Mata— y yo pensábamos cómo volvernos medianamente ricos. Juntos habíamos hecho algunas cosas, todas ellas reñidas con el dinero. Las más lejanas de nuestro legítimo anhelo monetario fueron la edición de un libro y la preparación de una antología.


El libro en cuestión (Aviso a los náufragos, de Paulo Leminski) había sido traducido del portugués por Rodolfo y confiado a las manos ingenuas de un matrimonio que creía en la edición artesanal, en la posibilidad de la poesía como primera piedra de una empresa, en la amistad como principio de la lectura, en fin: un par de burros que gastaban su escaso dinero en libros que cosían a mano, por los que no pagaban ni dos pesos de regalías a los traductores (se trataba de una colección bilingüe) y que repartían los cien libros del “tiraje” entre sus amigos. Sergio Valero y Ari Cazés nos acompañaron, a David Medina Portillo y a mí, en esa empresa fabulosa cuyo destino estaba ya marcado por su nombre (Eldorado ediciones) pues —aun conociendo la dichosa frase nombre es destino— nadie se da cuenta de los verdaderos alcances de nombrar. (Me disperso un poco pero no puedo evitarlo: mis padres me pusieron nombre de rumbera. Cuando he llegado a Conaculta de pedigüeña, las amables asistentes me han dicho, al ver mi formato de solicitud: “Maestra, donde dice ‘nombre’, escriba usted su nombre. Hay un espacio destinado al nombre artístico”. Veinte años atrás me habría regresado directo a insultar a mis padres. Ahora sólo sonrío con aire melancólico apropiado porque sé que, además de flor, color, comida para vacas y manera de referirse a alguien que ya está muerto (“criar malvas”) —entre otras acepciones más desagradables— mi nombre significa “pena del corazón” (así me lo dijo hace ya también muchísimos años Huberto Batis, con un raro, enorme y polvoso diccionario de nombres en la mano). En fin, el último o penúltimo libro que Eldorado editó fue justamente Aviso a los náufragos y no nos dimos cuenta del mensaje.


Por la preparación de la antología no percibimos, tampoco, dinero alguno, pero gracias a ella Rodolfo y yo inauguramos un chiste personal sobre las posibilidades del limbo. Allí, al limbo imaginario —que en realidad era el piso de mi departamento— lanzábamos, él y yo, algunos libros sobre cuyo destino no estábamos tan seguros como los otros dos amigos con los que compartíamos nuestro ánimo selectivo (Gustavo Jiménez Aguirre y, nuevamente, David). La antología se llamó Casa en el horizonte, aunque debo decir que nada tuve que ver con ese nombre y no sé, tampoco, si se volvió una casa o, más aún, si había horizonte. La única certeza al respecto es que los allí reunidos, entonces jóvenes poetas, ya no son jóvenes hoy. (Suscribo todavía, sin embargo, gran parte de aquel deslinde).


Mucho tiempo después le propuse a Rodolfo que hiciéramos una nueva selección. Esta vez recogería, no poemas, sino certezas populares. Nada de andarnos por las ramas. Iríamos al centro mismo de la creación. La antología, pensaba yo, debería tener un título probablemente largo, probablemente chistoso, probablemente irónico. La muestra era enorme: todas las frases y acciones reales o atribuidas a Carlos Salinas de Gortari: desde el famoso “no se hagan bolas”, hasta aquella sombra que recorrió el país bajo la especie de que el ex presidente había vendido el Popocatépetl a unos japoneses que allí habían instalado laboratorios clandestinos, razón por la cual la erupción era inminente.


En el taxi que nos conducía a otra lectura de poemas, recordamos algunas de las más chistosas, de las más inverosímiles de aquellas historias que serían parte de un festivo “mito urbano” si algunas de ellas no fueran tan ciertas. Sin embargo, como no tenía nombre, no nació, y perdimos la oportunidad de hacernos ricos.


Ayer, en un espacio de tiempo muy corto, me enteré de que la enfermedad que nos acecha se llamaba influenza y acabó, después de mutar varias veces como el mismo virus, en gripe porcina. Desafortunadamente los virus nacen y viven independientemente de su bautizo. El limbo, pues, es nuestro. Por eso, y después de escuchar y leer las más increíbles historias sobre la propagación de la enfermedad, lamenté que mi querido amigo me hubiera abandonado en este limbo y se divirtiera, lejos de la gripe porcina, pero también de la imaginería popular, en un lugar de nombre Río Claro en Brasil.

sábado 28 de marzo de 2009

Elogio del homenaje



Los que dicen que en México no tenemos memoria, se equivocan. (No me refiero, por cierto, a la exoneración de Luis Echeverría). El silencio alrededor de los escritores, de su obra y trayectoria, es algo que no existe y aquella historia del “ninguneo” que tanto molestaba a Paz es falsa. Baste ver cómo la patria generosa reconoce a sus hombres (y mujeres) preclaros.

También es mentira que la patria sea iletrada; que nunca haya atendido las propuestas de sus escritores es un infundio. Es lenta pero segura. En 1985, Zaid se preguntaba ¿Por qué hay años cargados de homenajes, y otros casi vacíos?” Antes de analizar, tabla mediante, las razones por las cuales la “mafia de los nacidos en 4” se imponía en la celebración de homenajes, aseguraba que “si las personas homenajeables son como el resto de los mortales por lo que hace a sus natalicios, el número de homenajes por año debería ser estable, con tendencia a ir creciendo, ni más ni menos que la población”. Eso, que no era vaticinio, sino sesudo análisis, ha sido cumplido. Como somos muchos, son muchos los homenajes. Sin embargo, y para compensar los errores que los padres cometieron al no anticipar un posible reconocimiento a su retoño, a la espera de que llegue el día, se celebran también los cumpleaños de los libros.

Claro que según el sapo es la pedrada de la fiesta. No es lo mismo que tu libro cumpla 20 años a que cumpla 50. Tampoco pueden compararse los 80 años de un “Juan de su madre” que por ahí escribió tres libros de poemas en oscuras editoriales del “interior de la república”, que los robustos ochenta del autor de “El tuerto es rey”, cuyo homenaje nacional ocupó un presupuesto tan generoso que se hubieran podido construir varias casas (de interés social) con él.

En ese mismo artículo, Zaid hizo una sugerencia que algún día, estoy segura, se verá cumplida:

Hoy que la ciencia y la cultura se han vuelto cosa administrativa, no estaría de más profundizar esta demografía de la celebridad, como una disciplina de apoyo a la planeación cultural. (...) En una etapa superior, la planeación demográfica de la celebridad podría llegar al seno materno. Así como se han logrado especies enanas, que facilitan el trabajo de las cosechadoras mecánicas, habría que lograr vientres que vayan depositando mexicanos homenajeables en proporciones estandarizadas presupuestalmente año con año. Eso optimizaría la programación de homenajes, el aprovechamiento de instalaciones, la movilización de asistentes y, desde luego, el presupuesto.

Yo me encuentro en el limbo generacional. Ya no soy “joven creadora”, mi primer libro es tan viejo y tan malo que ya olvidé cuándo se publicó. Así que, como me falta poco para cumplir el medio siglo, propongo que se recorran los homenajes para celebrar los dorados cincuenta. Sé que la patria generosa quizá haga caso a mi reclamo cuando esté por la centena, pero al menos tengo una ilusión duradera.

Pero este post tenía otro propósito: hacer visible la atención que el país brinda a las palabras de esos que siempre se andan quejando porque nadie les hace caso: los poetas. Hace más de cien años, en sus Fuegos fatuos, Amado Nervo decía:

Los mexicanos tenemos una vanidad literaria, irritable, vidriosa, quebradiza. Entre mentarle la madre a alguno o decirle que su prosa es infumable, escojamos sin vacilar lo primero… (...)Yo de mí sé decir, que aunque indigno pecador y mala persona y todo, he tomado mi partido. He escondido en lo más recóndito de mi alma mi pesimismo ingénito, heme plantado en el caballete de la nariz lentes de aumento, y todo lo veo grande, incomparablemente hermoso. Acepto incondicionalmente hasta los ingenios más problemáticos y (...) llevo por norma este gran principio de gramática parda literaria: no escribir acerca de nadie si no puedo elogiarle.

Así la patria.