domingo, 11 de enero de 2009

Antologías y canon



Hablar del canon es un asunto habitualmente espinoso que ha desvelado tanto a teóricos como a los poetas mismos, en una discusión para la que yo no tengo competencia suficiente. Baste decir, por ejemplo que ya George Steiner, disiente de Bloom sobre el centro del canon occidental y nos señala, en cambio, lo falible que resulta un canon con pretensiones universales.

Sin embargo, resulta interesante ver cómo Jorge Cuesta —nuestro primer intelectual “moderno”—, se plantea, junto con sus compañeros, la posibilidad de un canon de la poesía mexicana en los albores del siglo XX mediante una antología. Junto con la delimitación de los orígenes de nuestra tradición y su posterior desarrollo, dicha antología fue también una reunión generacional. ¿Podríamos afirmar a partir de esto que el canon de la poesía mexicana del siglo que recién terminó tiene en las antologías su constante actualización y reinvención?

Prácticamente todos los que amamos la poesía hemos hecho el inventario de nuestros propios gustos y algunos hemos incurrido en la fatalidad de publicarlos como una antología. Y es que las antologías ejercen un enorme poder de atracción —tanto para quien las realiza, como para quien las juzga—, porque representan ese atisbo de posteridad a la que muchos desean ingresar o sobre la que quieren incidir o verificar, al menos, sus propios juicios críticos.

Para muchos, la sobreabundancia de antologías es, en este sentido, un azote que pone en entredicho la precaria salud de la república de poetas o que, por el contrario y paradójicamente, es una evidencia más de su vitalidad. Los variados tipos de antología poética lo demuestran: existen antologías nacionales, oficiales (como la del Centenario o, en fechas más o menos recientes, aquellas antologías que el CONACULTA mandó realizar para cada uno de los estados de la república); hay también antologías generacionales, antologías de género (es decir, de mujeres, porque hasta donde yo conozco nadie ha tenido el desatino de hacer una antología de hombres aunque, como pronto serán minoría, ya habrá algún avezado que la publique); antologías de poesía homosexual, antologías de jóvenes que muy pronto dejan de serlo.

Existen también antologías temáticas: del mar, de gatos, de paisajes, eróticas, necrófilas y hasta de poetas que gustan de subirse a las pirámides. En otros países, donde lo políticamente correcto ha llegado a las aulas conformando aquella “escuela del resentimiento” de la que nos habla Harold Bloom, hay incluso antologías de negros (no hay, por cierto, antologías de blancos). El mayor abuso de estos precarios deslindes son los millones de antologías que circulan en Internet.

Por su estructura interna, las antologías también pueden dividirse. Las que ya nacen canónicas y aún en movimiento y que han dado lugar a varias hijas, antologías donde los autores establecen mapas de orientación, rosas de los vientos, ayudados o no, por el I Ching. Las más comunes, en cuyo ordenamiento priva el estricto orden cronológico de nacimiento de sus autores, y otras más, las menos, en donde los poetas se presentan por orden alfabético y aquellas que abiertamente declaran que el criterio de selección fue amistoso. Todas, sin embargo, son arbitrarias, en el sentido original de la palabra.

Para algunos de los que escribimos poesía, de las antologías que nos son contemporáneas, sólo hay dos: las de nuestros amigos y las de nuestros enemigos; es decir, los que generalmente nos desconocen —lo que para nosotros equivale a decir que “nos ningunean”. Así, amén de nuestro genuino interés por hacer la lista de poetas que llevaremos, náufragos, a nuestra isla, existe también la necesidad no sólo de autoantologarse —en el peor de los extremos—, sino también de remendar las “omisiones” que advertimos en las antologías publicadas.No obstante, desde mi punto de vista, las antologías son una clave fundamental para observar cómo una obra permanece o se esfuma al paso de las generaciones de autores y lectores de poesía.

Por razones que no vienen a cuento mencionar, pero en las que sin duda el ocio fue su motor más evidente, revisé en algún momento más de 150 antologías de poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, particularmente aquellas cuyos antologados hubieran nacido entre 1940 y 1959, es decir, la generación que años más, años menos, me precede. Un horrible vicio estadístico me llevó a realizar conteos no tan rápidos como hubiera querido sobre la nómina de poetas. En ellas estaban todos: los buenos poetas, los poetas funcionarios, los que eran amigos, los malos poetas, los olvidados, los rebeldes, todos.

Ahora bien, más allá de las múltiples disputas y enconos que la aparición de estas antologías promovió entre los poetas en el momento de su publicación, un buen número de los autores ahí antologados representan ahora el cuerpo poético más consistente de nuestra literatura actual. Si se hace una revisión de aquella lista, se advierte que de los más de 97 poetas antologados en conjunto, sólo 46 de ellos fueron incluidos en más de una ocasión.

La criba final, considerando el mayor número de menciones, arrojó los siguientes nombres: Efraín Bartolomé, Alberto Blanco, Coral Bracho, Elsa Cross, Antonio Deltoro, Francisco Hernández, Gloria Gervitz, David Huerta, Fabio Morábito, Vicente Quirarte, José Luis Rivas, Manuel Ulacia y Verónica Volkow.

De acuerdo a la visión estadística, y para volver al asunto del canon, estos poetas lo conformarían en su generación; pero seguramente con el paso del tiempo esta lista habrá de modificarse, cuando en la valoración de los poetas incida más el peso de su obra, tomando en cuenta la influencia que en las generaciones posteriores haya tenido. Así, muy seguramente podrá juzgarse en forma distinta a poetas como Jaime Reyes u Orlando Guillén, que ahora no figuran en esa decantada nómina. Otros más, cuya inclusión en esta lista responde quizá a fenómenos extra poéticos —como aventura el insidioso antologador que susurra a mis oídos—, pasarán a formar parte del grueso de la historia literaria del país.

Originalmente, es el gusto el que nos lleva a realizar el deslinde. A la isla llevaremos tal vez nuestra pequeña o gran antología de los otros, los poetas que creemos habrán de salvarnos de nuestra desnudez. Si la suerte nos depara compañero o compañera, tal vez poblemos aquella nueva isla y nuestra antología será como las escrituras. O tal vez, si estamos solos, desesperados, lancemos a las aguas procelosas el fruto de nuestra arbitrariedad, de nuestro gusto.

Pero quizá las antologías no sean —no deban ser—, una botella tirada al mar de nuestra tradición, con una etiqueta mohosa donde pueda leerse: “Aquí va el canon”. Esa botella que el náufrago aventura, más que pedir auxilio, avisa de ciertas coordenadas íntimas. Pero sólo el tiempo y el oleaje dirán si el náufrago acertó.