lunes, 2 de febrero de 2009

The Price of Luxury / El precio del lujo

Ya está arriba el número 15 de Literal, correspondiente al invierno, y la revista puede bajarse aquí.


Dice su editorial que hablar del lujo en medio de una de las crisis más agudas que se han enfrentado puede parecer suicida, sin embargo, son muchas las perspectivas desde las que este tema puede abordarse y a eso se dedican varios de los artículos que conforman esta entrega. Particularmente me gustan, desde lugares diametralmente opuestos, los de Yvon Grenier, Margo Glantz y la obra de la tan mentada Leibovitz.


Pero el número no se dedica únicamente al lujo. Robert Fisk, el conocido defensor de la causa palestina y durante muchos años corresponsal en Oriente Medio para The Independent, discurre sobre el uso del lenguaje periodístico para escribir suavemente la guerra. Así inicia Fisk: “Parte de mi campaña contra los periodistas, o algunos de ellos, se debe al uso de las palabras, o tal vez debería decir, del uso cobarde de ellas. Tomé la decisión de hablar de este tema porque la jerga de los medios también tiene que ver con el uso antropológico de las palabras. Palabras terapéuticas, palabras suaves que tienen significados ‘modernos’, pero no dicen nada”.


Encontramos también un texto de David Medina Portillo sobre Jorge Volpi (“Transgénicos u orgánicos. Sobre algunas mentiras contagiosas”), donde el autor desmenuza el último libro de Volpi y advierte, entre otras cosas, que: “Extrañamente, a lo largo de todas las páginas de Mentiras contagiosas al escritor jamás se le ocurre una reflexión sobre la pertinencia o no de sus ideas al respecto. La omisión no es menor porque los términos de la discusión no son los mismos con los que lidiaron nuestros paisanos de la modernidad tardía. Darío no tiene que exponerse ya ante una minoría educada y hastiada de sí misma, aquella que dio origen a la explosión de las vanguardias europeas. Para Volpi, en cambio, la suerte se libra ahora entre los cubículos del multiculturalismo profesoral, un adefesio de la corrección política que llegó a finales de los años ochenta del siglo pasado a infestar la valoración de las artes en Estados Unidos.”


Dos ganadores del Pullitzer (Junot Díaz y Óscar Hijuelos) son entrevistados por Literal y en la parte de Ficción se publica un cuento que de algún modo conversa literariamente con el tema de Fisk. No los periodistas, no los líderes: ¿a qué juegan los niños en la guerra?, ¿juegan?, se pregunta Rose Mary Salum en el texto “Alguien me llama”.

sábado, 17 de enero de 2009

Adolfo Castañón: Premio Xavier Villaurrutia 2008

Empiezan las reparticiones de premios y el Xavier Villaurrutia 2008 fue otorgado el día de ayer, al poeta, ensayista y editor Adolfo Castañón. A Castañón le debemos, varias generaciones, la innumerable lista de títulos que como editor del Fondo de Cultura Económica puso ante nuestros ojos con esa rara, íntima, generosidad de quienes ven en los libros el origen de una conversación interminable e inteligente. A esa deuda debemos añadir la voz lúcida del poeta y su vasta, ejemplar, obra ensayística —recogida en sus distintos Paseos— que ahora es premiada en el libro Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos (aunque el famoso Arbitrario de Adolfo bien lo hubiera merecido hace ya varios años).

Como casi todos los títulos de Adolfo Viaje a México es un doble guiño. ¿Quién es el peregrino, cuál es su patria? O, mejor, ¿desde dónde viaja a su propia patria Castañón y qué encuentra? “El título —comentó el autor en una entrevista realizada el pasado mes de octubre— es un poco irónico, curioso o capcioso, porque tiene que ver con el planteamiento filosófico de que para conocer lo que tenemos enfrente debemos dar un giro, una vuelta, un rodeo. Y, en el libro, ese giro se inicia con la crónica del adolescente de clase media que descubre a su país a través de los ojos de los extranjeros y de su padre”.


En este nuevo paseo también encontraremos a Juan José Arreola, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Juan Rulfo o Gabriel Zaid, entre otros.


Enhorabuena.


domingo, 11 de enero de 2009

Antologías y canon



Hablar del canon es un asunto habitualmente espinoso que ha desvelado tanto a teóricos como a los poetas mismos, en una discusión para la que yo no tengo competencia suficiente. Baste decir, por ejemplo que ya George Steiner, disiente de Bloom sobre el centro del canon occidental y nos señala, en cambio, lo falible que resulta un canon con pretensiones universales.

Sin embargo, resulta interesante ver cómo Jorge Cuesta —nuestro primer intelectual “moderno”—, se plantea, junto con sus compañeros, la posibilidad de un canon de la poesía mexicana en los albores del siglo XX mediante una antología. Junto con la delimitación de los orígenes de nuestra tradición y su posterior desarrollo, dicha antología fue también una reunión generacional. ¿Podríamos afirmar a partir de esto que el canon de la poesía mexicana del siglo que recién terminó tiene en las antologías su constante actualización y reinvención?

Prácticamente todos los que amamos la poesía hemos hecho el inventario de nuestros propios gustos y algunos hemos incurrido en la fatalidad de publicarlos como una antología. Y es que las antologías ejercen un enorme poder de atracción —tanto para quien las realiza, como para quien las juzga—, porque representan ese atisbo de posteridad a la que muchos desean ingresar o sobre la que quieren incidir o verificar, al menos, sus propios juicios críticos.

Para muchos, la sobreabundancia de antologías es, en este sentido, un azote que pone en entredicho la precaria salud de la república de poetas o que, por el contrario y paradójicamente, es una evidencia más de su vitalidad. Los variados tipos de antología poética lo demuestran: existen antologías nacionales, oficiales (como la del Centenario o, en fechas más o menos recientes, aquellas antologías que el CONACULTA mandó realizar para cada uno de los estados de la república); hay también antologías generacionales, antologías de género (es decir, de mujeres, porque hasta donde yo conozco nadie ha tenido el desatino de hacer una antología de hombres aunque, como pronto serán minoría, ya habrá algún avezado que la publique); antologías de poesía homosexual, antologías de jóvenes que muy pronto dejan de serlo.

Existen también antologías temáticas: del mar, de gatos, de paisajes, eróticas, necrófilas y hasta de poetas que gustan de subirse a las pirámides. En otros países, donde lo políticamente correcto ha llegado a las aulas conformando aquella “escuela del resentimiento” de la que nos habla Harold Bloom, hay incluso antologías de negros (no hay, por cierto, antologías de blancos). El mayor abuso de estos precarios deslindes son los millones de antologías que circulan en Internet.

Por su estructura interna, las antologías también pueden dividirse. Las que ya nacen canónicas y aún en movimiento y que han dado lugar a varias hijas, antologías donde los autores establecen mapas de orientación, rosas de los vientos, ayudados o no, por el I Ching. Las más comunes, en cuyo ordenamiento priva el estricto orden cronológico de nacimiento de sus autores, y otras más, las menos, en donde los poetas se presentan por orden alfabético y aquellas que abiertamente declaran que el criterio de selección fue amistoso. Todas, sin embargo, son arbitrarias, en el sentido original de la palabra.

Para algunos de los que escribimos poesía, de las antologías que nos son contemporáneas, sólo hay dos: las de nuestros amigos y las de nuestros enemigos; es decir, los que generalmente nos desconocen —lo que para nosotros equivale a decir que “nos ningunean”. Así, amén de nuestro genuino interés por hacer la lista de poetas que llevaremos, náufragos, a nuestra isla, existe también la necesidad no sólo de autoantologarse —en el peor de los extremos—, sino también de remendar las “omisiones” que advertimos en las antologías publicadas.No obstante, desde mi punto de vista, las antologías son una clave fundamental para observar cómo una obra permanece o se esfuma al paso de las generaciones de autores y lectores de poesía.

Por razones que no vienen a cuento mencionar, pero en las que sin duda el ocio fue su motor más evidente, revisé en algún momento más de 150 antologías de poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, particularmente aquellas cuyos antologados hubieran nacido entre 1940 y 1959, es decir, la generación que años más, años menos, me precede. Un horrible vicio estadístico me llevó a realizar conteos no tan rápidos como hubiera querido sobre la nómina de poetas. En ellas estaban todos: los buenos poetas, los poetas funcionarios, los que eran amigos, los malos poetas, los olvidados, los rebeldes, todos.

Ahora bien, más allá de las múltiples disputas y enconos que la aparición de estas antologías promovió entre los poetas en el momento de su publicación, un buen número de los autores ahí antologados representan ahora el cuerpo poético más consistente de nuestra literatura actual. Si se hace una revisión de aquella lista, se advierte que de los más de 97 poetas antologados en conjunto, sólo 46 de ellos fueron incluidos en más de una ocasión.

La criba final, considerando el mayor número de menciones, arrojó los siguientes nombres: Efraín Bartolomé, Alberto Blanco, Coral Bracho, Elsa Cross, Antonio Deltoro, Francisco Hernández, Gloria Gervitz, David Huerta, Fabio Morábito, Vicente Quirarte, José Luis Rivas, Manuel Ulacia y Verónica Volkow.

De acuerdo a la visión estadística, y para volver al asunto del canon, estos poetas lo conformarían en su generación; pero seguramente con el paso del tiempo esta lista habrá de modificarse, cuando en la valoración de los poetas incida más el peso de su obra, tomando en cuenta la influencia que en las generaciones posteriores haya tenido. Así, muy seguramente podrá juzgarse en forma distinta a poetas como Jaime Reyes u Orlando Guillén, que ahora no figuran en esa decantada nómina. Otros más, cuya inclusión en esta lista responde quizá a fenómenos extra poéticos —como aventura el insidioso antologador que susurra a mis oídos—, pasarán a formar parte del grueso de la historia literaria del país.

Originalmente, es el gusto el que nos lleva a realizar el deslinde. A la isla llevaremos tal vez nuestra pequeña o gran antología de los otros, los poetas que creemos habrán de salvarnos de nuestra desnudez. Si la suerte nos depara compañero o compañera, tal vez poblemos aquella nueva isla y nuestra antología será como las escrituras. O tal vez, si estamos solos, desesperados, lancemos a las aguas procelosas el fruto de nuestra arbitrariedad, de nuestro gusto.

Pero quizá las antologías no sean —no deban ser—, una botella tirada al mar de nuestra tradición, con una etiqueta mohosa donde pueda leerse: “Aquí va el canon”. Esa botella que el náufrago aventura, más que pedir auxilio, avisa de ciertas coordenadas íntimas. Pero sólo el tiempo y el oleaje dirán si el náufrago acertó.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La poesía actual y algunas definiciones de poesía

Ayer me llegó un correo masivo donde se me invitaba a la Gran Final del Torneo de Poesía “Adversario en el cuadrilátero”, promovida por VersodestierrO. Sobre este tipo de espectáculos poéticos ya había hablado en un post anterior y abrí el correo para ver de qué se trataba. La invitación decía:
“La gran final ha llegado a su momento. Más de 50 poetas entraron a la primera fase; sólo 16 clasificaron. Luego sólo ocho: ahora se disputarán la Copa Poética, cuatro poetas que han sobrevivido a los enfrentamientos poeta versus poeta, demostrando que la poesía sí puede ser un deporte intelectual. Algunos momentos han quedado ya en la memoria como duelos imborrables por su calidad poética en este 2008. Los cuatro finalistas han ganado ya su lugar en la antología Adversario en el cuadriláterO 2007/2008, pero sólo tres conseguirán la copa. Los invitamos a que asistan a esta función poética, propuesta de la editorial y revista VersodestierrO.”

La página de la Copa Poética nos avisa: "Este torneo propone la poesía como un deporte intelectual. Su intención es lanzar el poema a todo público ávido de espíritu; provocar pasiones, sanas competencias, y sobretodo incitar al receptor a que exija más del poeta. 'La consolidación de la poesía está en el enfrentamiento con el mundo, es decir, con el público'. Con esta idea nace Adversario en el cuadriláterO: poeta versus poeta enfrentándose con su poesía. Comentaristas en vivo, música, jurado, todo en el preciso momento alrededor de un ring: un espectáculo cultural digno de cualquier deporte."

La idea de que la poesía “sí puede ser un deporte intelectual” me hizo pensar en otras definiciones de poesía. Aquí cito unas cuantas. Algunas me gustan, otras, no; pero a veces es bueno recordarlas.

“La poesía es lo real absoluto”: Novalis.

“La poesía es una espada de luz siempre desnuda, que consume la vaina que intenta contenerla”: Shelley.

“La poesía es magia: nacida en pecado”: W. H. Auden.

“La poesía es un método de análisis, un instrumento de investigación”: Jorge Cuesta.

"La poesía no es, como se ha dicho, la realidad absoluta, pero se le acerca, la añora fuertemente, tiene una profunda percepción de la realidad, en el punto extremo en que lo real parece asumir la forma del poema... la poesía es una forma de vida, una forma integral de vida, el poeta existió entre el hombre de las cavernas, y existirá entre los hombres de la era atómica, porque el poeta es una parte inherente del hombre": Saint John Perse.

"La poesía es revelación, es vida en esencia, es el universo que se pone en pie (...). Si la verdadera poesía contiene siempre en su esencia un sentido de rebelión, es porque ella es protesta contra los límites impuestos al hombre por el hombre mismo, y por la naturaleza. La poesía es la desesperación de nuestras limitaciones”: Vicente Huidobro.

"La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo... El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal": Octavio Paz.

También me acordé de Rimbaud: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos.”



Y, por qué no, de este poema de Gonzalo Rojas, que hay que leer con alguna frecuencia:

No tenemos talento, es que
no tenemos talento, lo que nos pasa
es que no tenemos talento, a lo sumo
oímos voces, eso es lo que oímos: un
centelleo, un parpadeo, y ahí mismo voces. Teresa
oyó voces, el loco
que vi ayer en el Metro oyó voces.
¿Cuál Metro si aquí no hay Metro? Nunca
hubo aquí Metro, lo que hubo
fueron al galope caballos
si es que eso, si es que en este cuarto
de tres por tres hubo alguna vez caballos
en el espejo.

Pero somos precoces, eso sí que somos, muy
precoces, más
que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?,
¿todavía más que ese hijo de madre que
lo perdió todo en la apuesta? Viniera y
nos viera así todos sucios, estallados
en nuestro átomo mísero, viejos
de inmundicia y gloria. Un
puntapié nos diera en el hocico.

El final del correo sobre “Adversarios en el cuadrilátero” apunta otra definición: “La poesía no es una P en la frente”.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Premios desiertos y el "ninguneo"

Porque las novelas eran buenas “hasta la mitad”, y no representaban una propuesta literaria, declararon desierto el IV Premio Tusquets de novela. Los participantes deben estar molestos pero a mí me parece una medida saludable que honra al jurado y elimina la nube de sospecha alrededor de los grandes premios de narrativa que, según dicen, están asignados —previa intervención de agentes literarios y componendas amistosas— con anticipación. Jorge Edwards, Elmer Mendoza, Juan Marsé, Almudena Grandes y Beatriz de Moura no se entusiasmaron con las obras que leyeron y no creo que, como ocurre a veces en México, sean acusados de soberbios o de “ningunear” a los participantes, palabras que mereció el jurado del Premio de Poesía Aguascalientes 2008 por un fallo similar.

Lo cierto es que hay muchas formas del ninguneo o, tal vez, esta palabra es sólo una forma del resentimiento bilioso. Uno de los recuerdos más claros de mi infancia tiene sitio en la casa de mi abuela paterna donde pasaba algunas vacaciones decembrinas. Era una casa de pueblo edificada, sin embargo, en la ciudad de México: patio interior, construcción en L, una pequeña fuente, higueras, ciruelos, rosales y un letrero discreto pero visible que, adosado a la reja de entrada, permitía a los visitantes leer: “Esta casa es un hogar católico. No se admite propaganda protestante ni de otras sectas”.


La página de Tusquets que informa sobre la manera de presentar originales se parece a la casa de mi abuela. Al final de las recomendaciones se advierte al visitante que “la editorial no acepta el envío de poemarios, obras teatrales, y antologías de aforismos no solicitados, por lo que declina mantener correspondencia sobre el particular.”


martes, 2 de diciembre de 2008

Crítica y garabatos: en compañía de Martín Solares

Sentados frente a la mesa de un restaurante en la ciudad de Guadalajara, Sergio Pitol, Joaquín Diez Canedo, Martín Solares, Rodolfo Mendoza y yo aguardábamos el momento en que debíamos presentar la hermosa colección editada por Rodolfo para la Universidad Veracruzana, "Sergio Pitol, traductor", en el marco de la FIL. De pronto, el autor de Los minutos negros (recientemente señalado por Junot Díaz como el mejor libro del año, según leo en el blog de David Medina Portillo), nos mostró una pequeña libreta que, a la distancia, me pareció una colección de garabatos. En efecto, su cuaderno de apuntes eran dibujos. Dibujos de novelas. Rayas, círculos, extrañas coordenadas: ríos y pasadizos. No esquemas sino, al contrario, mapas de la memoria, la imaginación y, por qué no, de la crítica que no se contenta con dibujar tan sólo el cuadro.

Siempre he creído que la diferencia entre la crítica académica y la literaria es justamente la certeza de que, para esta última, existe un orbe de palabras que se salta la tranca de las marialuisas; que la estirpe analógica del lenguaje (y perdón por los terminajos) nos impide o nos debería impedir (como un imposible precepto de moral estética) la adopción del anaquel como método crítico. Ante al cuadrito profesoral, mejor el entusiasmo del garabato, la libertad de la línea, la disposición del lector para defender aquello que el cubículo señala con dedo flamígero como “crítica impresionista”.

A eso nos dedicamos aquel mediodía: al entusiasmo del lápiz, de la imaginación crítica. Pero nosotros estábamos sin libreta y sólo Martín se llevó, en la suya, la “impresión” de Sergio sobre su propia obra, El viaje.

martes, 25 de noviembre de 2008

Jorge Fernández Granados: ¿poemas con fantasma?

Cada quien lee lo que puede y quiere. La literatura, la poesía en particular y desde siempre, suscita esa operación mediante la cual somos, quienes leemos, coautores: cada lectura hace del libro, otro; del poema, algo nuestro que nos pertenece no sólo porque en él podamos encontrar referencias a nosotros mismos o a situaciones que imaginamos “similares” a las de nuestra historia, sino porque consigue establecer ese lazo oculto e inexpresable con una experiencia que, sin necesariamente coincidir en su origen con la nuestra, se convierte en nosotros y nos hace visibles: enfrentados en el espejo de la lengua, podemos reconocernos. Eso lo han dicho tantos y tan bien que no vale la pena abundar más sobre ello.

Sin embargo, cuando leemos una antología o la selección de algún poeta realizada por otra persona ocurre un fenómeno hermano aunque distinto. Frente a ellas estamos asistiendo a una doble lectura: la que nos propone el poeta pero, sobre todo, estamos leyendo la lectura del antologador. No seguiré con estas operaciones. Los fantasmas del palacio de los azulejos de Jorge Fernández Granados, sin embargo, propone una más. No sólo una doble lectura sino, también, una doble escritura: la del autor y la de su traductor. El cuaderno editado por la editorial norteamericana Tameme forma parte de una serie de “Chapbooks” dedicados a la traducción de poesía. El concepto no es nuevo, sin embargo, se agradece la perseverancia milagrosa de algunos editores que aún creen que la poesía es una forma para decir el mundo.

He seguido el trabajo de Jorge Fernández Granados desde sus primeros libros, aparecidos a finales de los noventa. Conozco y he disfrutado la poesía de este autor que, más allá de los múltiples premios literarios que ha obtenido (este mismo año mereció el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer, por su libro Principio de incertidumbre, Editorial Era, 2008) es uno de los poetas más consistentes de mi generación. Los poemas traducidos, seleccionados y publicados por el poeta norteamericano John Oliver Simon para Los fantasmas del palacio de los azulejos forman parte del libro con el que Jorge obtuvo el Premio Aguascalientes en el año 2000, Los hábitos de la ceniza, pero aquí, aislados de su contexto original, se transforman, son otros y permiten seguir otra lectura si no diametralmente opuesta, sí alternativa.

Hay tantos modos de leer un libro como lecturas posibles de realizar. Y en primera instancia, mientras leía la selección de Simon, llegué a pensar que tenía ante mí una lectura errónea por sesgada. ¿Por qué, me preguntaba, limitar la experiencia poética de Fernández a sólo poemas sobre “fantasmas”? Cuando uno lee antologías siempre tiene reparos, sobre todo si, como era el caso, Los hábitos de la ceniza es un libro que me gusta. Sin embargo, en una nueva revisión del breve volumen advertí que quizá la selección era, más allá del gusto personal de Oliver Simon —cuyas traducciones son, por otra parte, buenas— una muestra adecuada de lo que Jorge ha conseguido: establecer un diálogo permanente con lo que ya no es más que en el recuerdo; con lo que aparentemente ya no existe más que en su forma poética. Entonces, gracias a la operación poética que permite la coexistencia de tiempo y espacio, reanima, hace visible lo incorpóreo y le da cuerpo de palabras.

Dice Oliver Simon, en su presentación, que Fernández Granados le comentó la importancia de comprender que “la muerte no es una pérdida, sino una transfiguración”. Esa transfiguración es también el rasgo incandescente y vivo del poema.

Jorge Fernández Granados. Ghosts of the Palace of Blue Tiles / Los fantasmas del palacio de los azulejos. Traducción y selección de John Oliver Simon. Tameme Chapbooks, Los Altos California, 2008.