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sábado, 25 de abril de 2009

Vivir en el limbo

Hace algunos años un querido amigo —Rodolfo Mata— y yo pensábamos cómo volvernos medianamente ricos. Juntos habíamos hecho algunas cosas, todas ellas reñidas con el dinero. Las más lejanas de nuestro legítimo anhelo monetario fueron la edición de un libro y la preparación de una antología.


El libro en cuestión (Aviso a los náufragos, de Paulo Leminski) había sido traducido del portugués por Rodolfo y confiado a las manos ingenuas de un matrimonio que creía en la edición artesanal, en la posibilidad de la poesía como primera piedra de una empresa, en la amistad como principio de la lectura, en fin: un par de burros que gastaban su escaso dinero en libros que cosían a mano, por los que no pagaban ni dos pesos de regalías a los traductores (se trataba de una colección bilingüe) y que repartían los cien libros del “tiraje” entre sus amigos. Sergio Valero y Ari Cazés nos acompañaron, a David Medina Portillo y a mí, en esa empresa fabulosa cuyo destino estaba ya marcado por su nombre (Eldorado ediciones) pues —aun conociendo la dichosa frase nombre es destino— nadie se da cuenta de los verdaderos alcances de nombrar. (Me disperso un poco pero no puedo evitarlo: mis padres me pusieron nombre de rumbera. Cuando he llegado a Conaculta de pedigüeña, las amables asistentes me han dicho, al ver mi formato de solicitud: “Maestra, donde dice ‘nombre’, escriba usted su nombre. Hay un espacio destinado al nombre artístico”. Veinte años atrás me habría regresado directo a insultar a mis padres. Ahora sólo sonrío con aire melancólico apropiado porque sé que, además de flor, color, comida para vacas y manera de referirse a alguien que ya está muerto (“criar malvas”) —entre otras acepciones más desagradables— mi nombre significa “pena del corazón” (así me lo dijo hace ya también muchísimos años Huberto Batis, con un raro, enorme y polvoso diccionario de nombres en la mano). En fin, el último o penúltimo libro que Eldorado editó fue justamente Aviso a los náufragos y no nos dimos cuenta del mensaje.


Por la preparación de la antología no percibimos, tampoco, dinero alguno, pero gracias a ella Rodolfo y yo inauguramos un chiste personal sobre las posibilidades del limbo. Allí, al limbo imaginario —que en realidad era el piso de mi departamento— lanzábamos, él y yo, algunos libros sobre cuyo destino no estábamos tan seguros como los otros dos amigos con los que compartíamos nuestro ánimo selectivo (Gustavo Jiménez Aguirre y, nuevamente, David). La antología se llamó Casa en el horizonte, aunque debo decir que nada tuve que ver con ese nombre y no sé, tampoco, si se volvió una casa o, más aún, si había horizonte. La única certeza al respecto es que los allí reunidos, entonces jóvenes poetas, ya no son jóvenes hoy. (Suscribo todavía, sin embargo, gran parte de aquel deslinde).


Mucho tiempo después le propuse a Rodolfo que hiciéramos una nueva selección. Esta vez recogería, no poemas, sino certezas populares. Nada de andarnos por las ramas. Iríamos al centro mismo de la creación. La antología, pensaba yo, debería tener un título probablemente largo, probablemente chistoso, probablemente irónico. La muestra era enorme: todas las frases y acciones reales o atribuidas a Carlos Salinas de Gortari: desde el famoso “no se hagan bolas”, hasta aquella sombra que recorrió el país bajo la especie de que el ex presidente había vendido el Popocatépetl a unos japoneses que allí habían instalado laboratorios clandestinos, razón por la cual la erupción era inminente.


En el taxi que nos conducía a otra lectura de poemas, recordamos algunas de las más chistosas, de las más inverosímiles de aquellas historias que serían parte de un festivo “mito urbano” si algunas de ellas no fueran tan ciertas. Sin embargo, como no tenía nombre, no nació, y perdimos la oportunidad de hacernos ricos.


Ayer, en un espacio de tiempo muy corto, me enteré de que la enfermedad que nos acecha se llamaba influenza y acabó, después de mutar varias veces como el mismo virus, en gripe porcina. Desafortunadamente los virus nacen y viven independientemente de su bautizo. El limbo, pues, es nuestro. Por eso, y después de escuchar y leer las más increíbles historias sobre la propagación de la enfermedad, lamenté que mi querido amigo me hubiera abandonado en este limbo y se divirtiera, lejos de la gripe porcina, pero también de la imaginería popular, en un lugar de nombre Río Claro en Brasil.

domingo, 11 de enero de 2009

Antologías y canon



Hablar del canon es un asunto habitualmente espinoso que ha desvelado tanto a teóricos como a los poetas mismos, en una discusión para la que yo no tengo competencia suficiente. Baste decir, por ejemplo que ya George Steiner, disiente de Bloom sobre el centro del canon occidental y nos señala, en cambio, lo falible que resulta un canon con pretensiones universales.

Sin embargo, resulta interesante ver cómo Jorge Cuesta —nuestro primer intelectual “moderno”—, se plantea, junto con sus compañeros, la posibilidad de un canon de la poesía mexicana en los albores del siglo XX mediante una antología. Junto con la delimitación de los orígenes de nuestra tradición y su posterior desarrollo, dicha antología fue también una reunión generacional. ¿Podríamos afirmar a partir de esto que el canon de la poesía mexicana del siglo que recién terminó tiene en las antologías su constante actualización y reinvención?

Prácticamente todos los que amamos la poesía hemos hecho el inventario de nuestros propios gustos y algunos hemos incurrido en la fatalidad de publicarlos como una antología. Y es que las antologías ejercen un enorme poder de atracción —tanto para quien las realiza, como para quien las juzga—, porque representan ese atisbo de posteridad a la que muchos desean ingresar o sobre la que quieren incidir o verificar, al menos, sus propios juicios críticos.

Para muchos, la sobreabundancia de antologías es, en este sentido, un azote que pone en entredicho la precaria salud de la república de poetas o que, por el contrario y paradójicamente, es una evidencia más de su vitalidad. Los variados tipos de antología poética lo demuestran: existen antologías nacionales, oficiales (como la del Centenario o, en fechas más o menos recientes, aquellas antologías que el CONACULTA mandó realizar para cada uno de los estados de la república); hay también antologías generacionales, antologías de género (es decir, de mujeres, porque hasta donde yo conozco nadie ha tenido el desatino de hacer una antología de hombres aunque, como pronto serán minoría, ya habrá algún avezado que la publique); antologías de poesía homosexual, antologías de jóvenes que muy pronto dejan de serlo.

Existen también antologías temáticas: del mar, de gatos, de paisajes, eróticas, necrófilas y hasta de poetas que gustan de subirse a las pirámides. En otros países, donde lo políticamente correcto ha llegado a las aulas conformando aquella “escuela del resentimiento” de la que nos habla Harold Bloom, hay incluso antologías de negros (no hay, por cierto, antologías de blancos). El mayor abuso de estos precarios deslindes son los millones de antologías que circulan en Internet.

Por su estructura interna, las antologías también pueden dividirse. Las que ya nacen canónicas y aún en movimiento y que han dado lugar a varias hijas, antologías donde los autores establecen mapas de orientación, rosas de los vientos, ayudados o no, por el I Ching. Las más comunes, en cuyo ordenamiento priva el estricto orden cronológico de nacimiento de sus autores, y otras más, las menos, en donde los poetas se presentan por orden alfabético y aquellas que abiertamente declaran que el criterio de selección fue amistoso. Todas, sin embargo, son arbitrarias, en el sentido original de la palabra.

Para algunos de los que escribimos poesía, de las antologías que nos son contemporáneas, sólo hay dos: las de nuestros amigos y las de nuestros enemigos; es decir, los que generalmente nos desconocen —lo que para nosotros equivale a decir que “nos ningunean”. Así, amén de nuestro genuino interés por hacer la lista de poetas que llevaremos, náufragos, a nuestra isla, existe también la necesidad no sólo de autoantologarse —en el peor de los extremos—, sino también de remendar las “omisiones” que advertimos en las antologías publicadas.No obstante, desde mi punto de vista, las antologías son una clave fundamental para observar cómo una obra permanece o se esfuma al paso de las generaciones de autores y lectores de poesía.

Por razones que no vienen a cuento mencionar, pero en las que sin duda el ocio fue su motor más evidente, revisé en algún momento más de 150 antologías de poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, particularmente aquellas cuyos antologados hubieran nacido entre 1940 y 1959, es decir, la generación que años más, años menos, me precede. Un horrible vicio estadístico me llevó a realizar conteos no tan rápidos como hubiera querido sobre la nómina de poetas. En ellas estaban todos: los buenos poetas, los poetas funcionarios, los que eran amigos, los malos poetas, los olvidados, los rebeldes, todos.

Ahora bien, más allá de las múltiples disputas y enconos que la aparición de estas antologías promovió entre los poetas en el momento de su publicación, un buen número de los autores ahí antologados representan ahora el cuerpo poético más consistente de nuestra literatura actual. Si se hace una revisión de aquella lista, se advierte que de los más de 97 poetas antologados en conjunto, sólo 46 de ellos fueron incluidos en más de una ocasión.

La criba final, considerando el mayor número de menciones, arrojó los siguientes nombres: Efraín Bartolomé, Alberto Blanco, Coral Bracho, Elsa Cross, Antonio Deltoro, Francisco Hernández, Gloria Gervitz, David Huerta, Fabio Morábito, Vicente Quirarte, José Luis Rivas, Manuel Ulacia y Verónica Volkow.

De acuerdo a la visión estadística, y para volver al asunto del canon, estos poetas lo conformarían en su generación; pero seguramente con el paso del tiempo esta lista habrá de modificarse, cuando en la valoración de los poetas incida más el peso de su obra, tomando en cuenta la influencia que en las generaciones posteriores haya tenido. Así, muy seguramente podrá juzgarse en forma distinta a poetas como Jaime Reyes u Orlando Guillén, que ahora no figuran en esa decantada nómina. Otros más, cuya inclusión en esta lista responde quizá a fenómenos extra poéticos —como aventura el insidioso antologador que susurra a mis oídos—, pasarán a formar parte del grueso de la historia literaria del país.

Originalmente, es el gusto el que nos lleva a realizar el deslinde. A la isla llevaremos tal vez nuestra pequeña o gran antología de los otros, los poetas que creemos habrán de salvarnos de nuestra desnudez. Si la suerte nos depara compañero o compañera, tal vez poblemos aquella nueva isla y nuestra antología será como las escrituras. O tal vez, si estamos solos, desesperados, lancemos a las aguas procelosas el fruto de nuestra arbitrariedad, de nuestro gusto.

Pero quizá las antologías no sean —no deban ser—, una botella tirada al mar de nuestra tradición, con una etiqueta mohosa donde pueda leerse: “Aquí va el canon”. Esa botella que el náufrago aventura, más que pedir auxilio, avisa de ciertas coordenadas íntimas. Pero sólo el tiempo y el oleaje dirán si el náufrago acertó.

jueves, 28 de agosto de 2008

Lluvia de letras, diario de lecturas

La legitimidad es la cachiporra que cae sobre las cabezas cada que alguien se “equivoca” acerca de quiénes piensan y quiénes escriben.

Adolfo Castañón

Estas palabras fueron escritas por el autor de Lluvia de letras en un artículo llamado “Los instrumentos de la legitimidad: la crítica en México”, 10 o 15 años antes de que terminara el siglo pasado y que junto con otros textos, reunidos en 1993, conforman ese libro admirable que se llama Arbitrario de literatura mexicana.

Ese volumen fue el inicio de la obra general de Adolfo Castañón titulada “Paseos”, y hoy nos enfrentamos a otra excursión, aunque ahora su recorrido, siendo esencialmente el mismo, ha cambiado de horizonte. “Lluvia de letras sobre el paisaje del desamparo” reza el epígrafe de Octavio Paz colocado al inicio de la obra, dándole título no sólo a este volumen sino a la sección periodística que le dio origen y que apareció durante algunos años, primero en el diario Reforma y posteriormente en Uno más uno.

En su “Umbral”, el autor inicia con una serie de preguntas, de las cuales me interesa rescatar una: ¿Qué es una antología? nos pregunta Adolfo y agrega: “Esta reunión de poemas aparentemente aleatoria ha querido dejar constancia de un gusto y de una curiosidad hacia la poesía”.

Efectivamente una antología es —definiciones más, definiciones menos—, una colección formada con trozos literarios seleccionados, de un autor o de varios. Pero esta antología —que incluye autores tan lejanos entre sí como Bernard Mandeville, María Sabina o Alejandro Tarrab— quiere ser también, y así lo señala el subtítulo, una “Lección antológica”. Aunque Adolfo asegura que Lluvia de letras no es un libro escolar, acota enseguida que “no rehuye dar alguna lección”.

No está de más, ahora que la discusión sobre los títulos y subtítulos de las obras de crítica literaria se ha puesto de moda, revisar el que hoy nos ocupa. El primer significado de “lección” es “lectura”. Su segunda acepción implica la “explicación de una materia para enseñarla a otros”. Si leemos el subtítulo como “Lectura antológica” las palabras evitan cualquier suspicacia. “Dar una lección” implica, más allá del diccionario, otro matiz.

Lluvia de letras
es un libro extraño. Mi primera impresión fue de absoluta perplejidad y asombro. La selección, que incluye a más de 125 autores “de poesía iberoamericana y de otros lugares”, (entre los cuales se encuentra incluido, por ejemplo Juan José Arreola), tiene varias peculiaridades tales como: el reconocimiento a la traducción de poesía; el conocimiento y difusión de críticas realizadas por otros autores a los textos comentados; la inclusión de poetas más jóvenes que el autor (lo que constituye una rara generosidad en el medio), entre otras.

Sin embargo, existe otra particularidad que hace del volumen un libro realmente interesante: amén de la selección y algún breve texto crítico de Castañón sobre el poeta elegido, cada muestra está precedida por un epígrafe de otros autores o incluso del mismo que se comenta.

Comúnmente, un epígrafe sirve para sugerirnos algo sobre el contenido del texto que lo sigue, pero también, dice María Moliner, es una sentencia que nos llama la atención sobre lo que “ha inspirado” al texto mismo. Aquí ocurre algo similar pero también con matices. El epígrafe sirve para anotar, independientemente de los poemas elegidos, lo que el poeta, el libro, el poema, le inspiraron a Castañón. En estos epígrafes encontramos entonces, más allá de los textos críticos que Adolfo añade, la verdadera crítica que el autor de la Lluvia de letras realiza sobre el trabajo de los poetas que incluye, sobre su figura personal o pública e incluso sobre el tipo de edición que comenta (y me refiero específicamente a las características comerciales y físicas de los volúmenes).

Diario de lecturas, en los epígrafes encontramos la lección: son crítica concentrada. Sentencian, elogian y en algunos casos actúan como palmeta: “dan una lección”. Pero, sobre todo, son producto de la curiosidad de un autor que infatigablemente revisa cuanto cae en sus manos y arbitrariamente —pues no hay otra forma legítima de hacerlo— elige, comenta.

Existen, no obstante, dos autores cuyos textos no están acompañados del famoso epígrafe. Uno es Andrés Henestrosa (aunque lo antecede una nota curiosa sobre la interpretación que su hija realizó de sus canciones con motivo del aniversario del poeta). El otro es Gabriel Zaid. En este caso, aventurar cualquier interpretación me parece ocioso. (Desde la certeza de que un autor como Zaid no requiere de más explicaciones hasta una previsible errata, todo puede ser posible). El epígrafe seleccionado para Octavio Paz es de Paz mismo y tanto esas líneas como la elección del poema (que para algunos podría resultar extrañísima) o el texto que Adolfo le consigna, son una buena muestra de lo que esta Lluvia de letras es: una compilación donde el lector puede seguir el itinerario de lecturas personal, incluso íntimo, de un escritor que, sin olvidar sus afinidades y afectos, no ha rehuido el rigor crítico.

Aunque toda antología aspira secreta o abiertamente a configurar el canon, esta Lluvia de letras es sin embargo un ejercicio excéntrico, en todas sus connotaciones. La cantidad de gotas que caen en una hora de lluvia —para contestar a la primera pregunta que realiza Castañón en su “Umbral” —, es prerrogativa de quien hace llover. Por eso, me parece, no es pertinente abundar sobre la selección de autores ni de textos. El responsable del aguacero es Adolfo y habrá quien se cubra, quien disfrute de la lluvia o quien no la vea. Existirá también quien levante la cachiporra de la legitimidad o una estadística de ausencias y aún así seguirá lloviendo en éste, nuestro paisaje del desamparo.