Mostrando entradas con la etiqueta Adolfo Castañón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adolfo Castañón. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de abril de 2012

Presentación de Viaje de Vuelta y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana


Evocan la aventura intelectual de Paz
Por
Érika P. Buzio
Reforma

(28-Mar-2012).-Las revistas Plural Vuelta, animadas por Octavio Paz, fueron un "milagro" de la cultura libre, una aventura que tuvo sus aciertos y sus errores, dijo el historiador Enrique Krauze.



En esas dos revistas, cuya existencia abarcó casi tres décadas, de 1971 a 1998 -hasta la muerte de Octavio Paz-, se puede ver reflejada de manera crítica buena parte de la historia literaria, política e intelectual de México, América Latina y el mundo.

"Se trata de dos revistas mexicanas que practicaron la cultura libre (...) que no ocurre en las aulas, no ocurre en las oficinas burocráticas o académicas, ocurre entre el creador y el público", dijo Krauze durante la presentación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, publicados por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Adolfo Castañón, corrector de Plural y colaborador de Vuelta, se refirió a la revolución cultural que significó su aparición: "Para usar palabras de Gabriel Zaid (fue) un milagro de la sensibilidad literaria y artística que marca un momento de madurez y de plenitud que alcanzó Octavio Paz y su grupo".

Entre el público asistente a la presentación, en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, estaban la viuda de Paz, Marie-Jo, el poeta Ramón Xirau, el arquitecto Teodoro González de León, la fotógrafa Paulina Lavista y el director del FCE, Joaquín Díez-Canedo.

José de la Colina habló como veterano de Plural Vuelta, lo hizo con nostalgia porque, se lamentó, ya no hay pelea cultural, las revistas que se les oponían, en particular Nexos, terminaron por adoptar las mismas posiciones que atacaban en Paz y quienes trabajaban con él.

"Desearía que ahora los que estamos cerca de la revista Letras Libres, y lo digo sinceramente Krauze, fueran atacados como fuimos nosotros. Ya no hay medios enemigos, ya no hay grandes enemigos", dijo.

De la Colina cifró la importancia de las revistas en "discutir la cultura como una política y la política como una cultura". Introdujeron, añadió, una verdadera discusión en las "aguas estancadas del marxismo egoísta".

"De manera que la izquierda instituida mexicana debía agradecer a Octavio Paz que la hiciera vivir un poco; de hecho, durante un tiempo existió solo tratando de hundir a Paz y batallando con él", añadió De la Colina.

El crítico literario Christopher Domínguez Michael recordó la revista como a un grupo al que le gustaba la idea de tribuna como un lugar desde el cual hacer la guerra. "Pero no éramos tan virulentos como creíamos", atajó.

Malva Flores dijo que Viaje de Vuelta quiso ser un "álbum de estampas de la trayectoria de una revista extraordinaria" y una invitación para volver a las revistas. "Eso permitiría que se renovara esa conversación".

Alaba Krauze 'biografía'

El historiador Enrique Krauze alabó ayer la publicación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, que definió como un ejemplo de cómo escribir la biografía de una revista, aunque sugirió al FCE que en futuras ediciones se incluya un índice onomástico y aconsejó a su autora ampliar la contribución de Gabriel Zaid en la empresa.

En el caso de Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, Krauze comentó que si bien se trata de un trabajo académico serio que recoge los tres aspectos fundamentales de la revista: la crítica cultural, la crítica política y la creación literaria, es más una crónica que un análisis crítico.

"Es un panorama sólido, escrito con precisión pero sin emoción", aseguró.








Otras notas de la presentación, aquí.

miércoles, 10 de junio de 2009

Oración fúnebre por Alejandro Rossi, de Adolfo Castañón

El domingo pasado, durante el homenaje de cuerpo presente que se le rindió a Alejandro Rossi en el Palacio de Bellas Artes, Adolfo Castañón leyó el siguiente texto, publicado en su página, que ahora reproduzco con su consentimiento.


Oración fúnebre por Alejandro Rossi

(1932-2009)


Nos hemos reunido aquí para dar con esta oración fúnebre un último adiós a nuestro querido amigo, maestro y padre intelectual Alejandro Rossi, Alejandro Rossi Guerrero, en esta ceremonia convocada por el gobierno de la República a través de la Secretaría de Educación Pública, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en este recinto de Bellas Artes en compañía de su esposa Olbeth y de sus hijos, nietos, amigos y compañeros de la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio Nacional, El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica.


“Todas hieren, la última mata”, dice Horacio, y a él, Alejandro Rossi, le acaba de tocar esa última hora que es también la primera de su ausencia. Nació Alejandro Rossi en la noble ciudad de Florencia, de madre venezolana y padre toscano. Corría por su sangre la heroica del general José Antonio Páez bajo cuya mirada parece haberse escrito ese libro prodigioso titulado La fábula de las regiones, que es como una sinopsis vivida y soñada de nuestra dolorida América y de la álgida Venezuela de sus amigos poetas y filósofos como Eugenio Montejo, Juan Nuño, Federico Riu y la de su hermano Félix. La Universidad Nacional Autónoma de México lo albergó desde principios de los años cincuenta; donde venía desde la profundidad cosmopolita —Buenos Aires, Florencia, Caracas— de aquel Edén, vida imaginada que luego nos regalaría Alejandro Rossi antes de morir como una joya que sólo se muestra al que sabe que va a morir.


A Alejandro Rossi no le gustaban los patetismos fáciles ni hubiera aceptado la ficha bibliográfica como elogio fúnebre. Sin embargo, es inevitable empezar a hablar en voz alta de la asombrosa trilogía literaria —ya podemos romper el silencio— que arman Manual del distraído, La fábula de las regiones y Edén que han reinventado cada una el mundo de su género y juntas la prosa narrativa hispánica en su conjunto. Un largo y fecundo camino lo llevó a crear esas islas afortunadas del idioma: llegó primero a la ciudad de México poco después de cumplir veinte años procedente de Berkeley y, antes de Buenos Aires. El camino hacia esta casa llamada México se lo mostró Vicente Gaos quien vio en él buena madera, de discípulo ideal, para su hermano el filósofo José Gaos.


Gaos le supo enseñar el camino de las ideas que es el camino, el rumbo de la crítica. “Este fue el nombre de la revista —Crítica— de filosofía analítica que fundaría años después con Luis Villoro y Fernando Salmerón en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam que fue como su segunda casa. Acaso por el ascendiente indirecto de José Gaos a cuyo seminario sobre la traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger asistiría Rossi acompañado de fieles conjurados —Villoro, Portilla, Uranga—, al terminar su tesis sobre Hegel, dirigió sus pasos hacia la cabaña de la Selva Negra donde sesionaba el seminario del filósofo alemán. Estudió ahí un par de años, pero de nuevo, la diosa crítica lo lleva a apartarse de ese pensamiento devorador y buscar otros horizontes en la filosofía británica y en el positivismo lógico de Ayer y Gilbert Ryle. La vocación crítica de Alejandro Rossi tenía no poco de poética y de ética, de lógica y de lúdica, algo sorprendentemente humano, humanísimo que llevaría a Alejandro Rossi a dejar de lado sólo en apariencia la filosofía para poner en prosa susurrada una inédita crítica al aquí, a nuestra opaca y sorda metafísica de las costumbres a la que él supo devolver su música de esferas en esa obra inagotable Manual del distraído, libro que a unos meses de publicado pasó a ser un clásico en parte por haber sabido resucitar a Borges, Bioy y Bianco. Ese es el primero de los tres libros con que se levanta la limpia arquitectura literaria de la obra de Alejandro Rossi.


Mientras tanto, a Alejandro Rossi le gustaba conversar y darle la vuelta a la argumentación como si fuese una mascada de mago de donde iban saliendo palabras y conejos. Tal vez fue eso o su valentía de hombre libre y de amigo leal hasta el sacrificio lo que lo acercó a Octavio Paz y a toda esa constelación de amigos como Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Kasuya Sakai, Julieta Campos —entre los que se han ido— y Gabriel Zaid, Tomás Segovia, José de la Colina, Teodoro González de León, Fernando Pérez Correa y Enrique González Pedrero entre los que aún nos acompañan.


A Alejandro Rossi le gustaba conversar y era muy difícil despedirse de él porque al menor parpadeo volvía a enganchar el tren de la fábula y la idea. Además de ser maestro y escritor eminente, universitario cabal e íntegro ciudadano muy activo de la república de las letras, Alejandro Rossi supo ocasionar entre nosotros el genio y el arte de la conversación hasta despertar en sus interlocutores la misma pasión por las ideas que a él lo animaba, hasta despertar, de conversación en conversación, al genio de la ciudad, al genio de la Universidad… El arte de la conversación resucitado por Rossi en la universidad o fuera de ella es un arte civil, un arte política. Por eso la pérdida de Alejandro Rossi es una pérdida para la ciudad.


Dije al principio que nos reuníamos para decir adiós a uno de los más altos pensadores y escritores mexicanos e hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo xx y de principios de este siglo. Debo corregir pues el que se va al morir, en realidad se queda en nosotros, velando silenciosamente por nosotros que nos quedamos huérfanos de él. Parafraseando a su amado Jorge Luis Borges sabemos que Alejandro Rossi nos sueña y nos acompaña, nos juzga y entra erguido como el día en la noche. Que sólo se ha ido para hacernos adivinar cómo sería el mundo sin esa conversación magnética capaz de salvar el rostro de la ciudad con un par de frases inteligentes en sus imágenes y en sus semejanzas.


Fare thee well and if forever, forever well.

sábado, 17 de enero de 2009

Adolfo Castañón: Premio Xavier Villaurrutia 2008

Empiezan las reparticiones de premios y el Xavier Villaurrutia 2008 fue otorgado el día de ayer, al poeta, ensayista y editor Adolfo Castañón. A Castañón le debemos, varias generaciones, la innumerable lista de títulos que como editor del Fondo de Cultura Económica puso ante nuestros ojos con esa rara, íntima, generosidad de quienes ven en los libros el origen de una conversación interminable e inteligente. A esa deuda debemos añadir la voz lúcida del poeta y su vasta, ejemplar, obra ensayística —recogida en sus distintos Paseos— que ahora es premiada en el libro Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos (aunque el famoso Arbitrario de Adolfo bien lo hubiera merecido hace ya varios años).

Como casi todos los títulos de Adolfo Viaje a México es un doble guiño. ¿Quién es el peregrino, cuál es su patria? O, mejor, ¿desde dónde viaja a su propia patria Castañón y qué encuentra? “El título —comentó el autor en una entrevista realizada el pasado mes de octubre— es un poco irónico, curioso o capcioso, porque tiene que ver con el planteamiento filosófico de que para conocer lo que tenemos enfrente debemos dar un giro, una vuelta, un rodeo. Y, en el libro, ese giro se inicia con la crónica del adolescente de clase media que descubre a su país a través de los ojos de los extranjeros y de su padre”.


En este nuevo paseo también encontraremos a Juan José Arreola, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Juan Rulfo o Gabriel Zaid, entre otros.


Enhorabuena.


jueves, 28 de agosto de 2008

Lluvia de letras, diario de lecturas

La legitimidad es la cachiporra que cae sobre las cabezas cada que alguien se “equivoca” acerca de quiénes piensan y quiénes escriben.

Adolfo Castañón

Estas palabras fueron escritas por el autor de Lluvia de letras en un artículo llamado “Los instrumentos de la legitimidad: la crítica en México”, 10 o 15 años antes de que terminara el siglo pasado y que junto con otros textos, reunidos en 1993, conforman ese libro admirable que se llama Arbitrario de literatura mexicana.

Ese volumen fue el inicio de la obra general de Adolfo Castañón titulada “Paseos”, y hoy nos enfrentamos a otra excursión, aunque ahora su recorrido, siendo esencialmente el mismo, ha cambiado de horizonte. “Lluvia de letras sobre el paisaje del desamparo” reza el epígrafe de Octavio Paz colocado al inicio de la obra, dándole título no sólo a este volumen sino a la sección periodística que le dio origen y que apareció durante algunos años, primero en el diario Reforma y posteriormente en Uno más uno.

En su “Umbral”, el autor inicia con una serie de preguntas, de las cuales me interesa rescatar una: ¿Qué es una antología? nos pregunta Adolfo y agrega: “Esta reunión de poemas aparentemente aleatoria ha querido dejar constancia de un gusto y de una curiosidad hacia la poesía”.

Efectivamente una antología es —definiciones más, definiciones menos—, una colección formada con trozos literarios seleccionados, de un autor o de varios. Pero esta antología —que incluye autores tan lejanos entre sí como Bernard Mandeville, María Sabina o Alejandro Tarrab— quiere ser también, y así lo señala el subtítulo, una “Lección antológica”. Aunque Adolfo asegura que Lluvia de letras no es un libro escolar, acota enseguida que “no rehuye dar alguna lección”.

No está de más, ahora que la discusión sobre los títulos y subtítulos de las obras de crítica literaria se ha puesto de moda, revisar el que hoy nos ocupa. El primer significado de “lección” es “lectura”. Su segunda acepción implica la “explicación de una materia para enseñarla a otros”. Si leemos el subtítulo como “Lectura antológica” las palabras evitan cualquier suspicacia. “Dar una lección” implica, más allá del diccionario, otro matiz.

Lluvia de letras
es un libro extraño. Mi primera impresión fue de absoluta perplejidad y asombro. La selección, que incluye a más de 125 autores “de poesía iberoamericana y de otros lugares”, (entre los cuales se encuentra incluido, por ejemplo Juan José Arreola), tiene varias peculiaridades tales como: el reconocimiento a la traducción de poesía; el conocimiento y difusión de críticas realizadas por otros autores a los textos comentados; la inclusión de poetas más jóvenes que el autor (lo que constituye una rara generosidad en el medio), entre otras.

Sin embargo, existe otra particularidad que hace del volumen un libro realmente interesante: amén de la selección y algún breve texto crítico de Castañón sobre el poeta elegido, cada muestra está precedida por un epígrafe de otros autores o incluso del mismo que se comenta.

Comúnmente, un epígrafe sirve para sugerirnos algo sobre el contenido del texto que lo sigue, pero también, dice María Moliner, es una sentencia que nos llama la atención sobre lo que “ha inspirado” al texto mismo. Aquí ocurre algo similar pero también con matices. El epígrafe sirve para anotar, independientemente de los poemas elegidos, lo que el poeta, el libro, el poema, le inspiraron a Castañón. En estos epígrafes encontramos entonces, más allá de los textos críticos que Adolfo añade, la verdadera crítica que el autor de la Lluvia de letras realiza sobre el trabajo de los poetas que incluye, sobre su figura personal o pública e incluso sobre el tipo de edición que comenta (y me refiero específicamente a las características comerciales y físicas de los volúmenes).

Diario de lecturas, en los epígrafes encontramos la lección: son crítica concentrada. Sentencian, elogian y en algunos casos actúan como palmeta: “dan una lección”. Pero, sobre todo, son producto de la curiosidad de un autor que infatigablemente revisa cuanto cae en sus manos y arbitrariamente —pues no hay otra forma legítima de hacerlo— elige, comenta.

Existen, no obstante, dos autores cuyos textos no están acompañados del famoso epígrafe. Uno es Andrés Henestrosa (aunque lo antecede una nota curiosa sobre la interpretación que su hija realizó de sus canciones con motivo del aniversario del poeta). El otro es Gabriel Zaid. En este caso, aventurar cualquier interpretación me parece ocioso. (Desde la certeza de que un autor como Zaid no requiere de más explicaciones hasta una previsible errata, todo puede ser posible). El epígrafe seleccionado para Octavio Paz es de Paz mismo y tanto esas líneas como la elección del poema (que para algunos podría resultar extrañísima) o el texto que Adolfo le consigna, son una buena muestra de lo que esta Lluvia de letras es: una compilación donde el lector puede seguir el itinerario de lecturas personal, incluso íntimo, de un escritor que, sin olvidar sus afinidades y afectos, no ha rehuido el rigor crítico.

Aunque toda antología aspira secreta o abiertamente a configurar el canon, esta Lluvia de letras es sin embargo un ejercicio excéntrico, en todas sus connotaciones. La cantidad de gotas que caen en una hora de lluvia —para contestar a la primera pregunta que realiza Castañón en su “Umbral” —, es prerrogativa de quien hace llover. Por eso, me parece, no es pertinente abundar sobre la selección de autores ni de textos. El responsable del aguacero es Adolfo y habrá quien se cubra, quien disfrute de la lluvia o quien no la vea. Existirá también quien levante la cachiporra de la legitimidad o una estadística de ausencias y aún así seguirá lloviendo en éste, nuestro paisaje del desamparo.