lunes, 2 de abril de 2012

Presentación de Viaje de Vuelta y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana


Evocan la aventura intelectual de Paz
Por
Érika P. Buzio
Reforma

(28-Mar-2012).-Las revistas Plural Vuelta, animadas por Octavio Paz, fueron un "milagro" de la cultura libre, una aventura que tuvo sus aciertos y sus errores, dijo el historiador Enrique Krauze.



En esas dos revistas, cuya existencia abarcó casi tres décadas, de 1971 a 1998 -hasta la muerte de Octavio Paz-, se puede ver reflejada de manera crítica buena parte de la historia literaria, política e intelectual de México, América Latina y el mundo.

"Se trata de dos revistas mexicanas que practicaron la cultura libre (...) que no ocurre en las aulas, no ocurre en las oficinas burocráticas o académicas, ocurre entre el creador y el público", dijo Krauze durante la presentación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, y Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, publicados por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Adolfo Castañón, corrector de Plural y colaborador de Vuelta, se refirió a la revolución cultural que significó su aparición: "Para usar palabras de Gabriel Zaid (fue) un milagro de la sensibilidad literaria y artística que marca un momento de madurez y de plenitud que alcanzó Octavio Paz y su grupo".

Entre el público asistente a la presentación, en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, estaban la viuda de Paz, Marie-Jo, el poeta Ramón Xirau, el arquitecto Teodoro González de León, la fotógrafa Paulina Lavista y el director del FCE, Joaquín Díez-Canedo.

José de la Colina habló como veterano de Plural Vuelta, lo hizo con nostalgia porque, se lamentó, ya no hay pelea cultural, las revistas que se les oponían, en particular Nexos, terminaron por adoptar las mismas posiciones que atacaban en Paz y quienes trabajaban con él.

"Desearía que ahora los que estamos cerca de la revista Letras Libres, y lo digo sinceramente Krauze, fueran atacados como fuimos nosotros. Ya no hay medios enemigos, ya no hay grandes enemigos", dijo.

De la Colina cifró la importancia de las revistas en "discutir la cultura como una política y la política como una cultura". Introdujeron, añadió, una verdadera discusión en las "aguas estancadas del marxismo egoísta".

"De manera que la izquierda instituida mexicana debía agradecer a Octavio Paz que la hiciera vivir un poco; de hecho, durante un tiempo existió solo tratando de hundir a Paz y batallando con él", añadió De la Colina.

El crítico literario Christopher Domínguez Michael recordó la revista como a un grupo al que le gustaba la idea de tribuna como un lugar desde el cual hacer la guerra. "Pero no éramos tan virulentos como creíamos", atajó.

Malva Flores dijo que Viaje de Vuelta quiso ser un "álbum de estampas de la trayectoria de una revista extraordinaria" y una invitación para volver a las revistas. "Eso permitiría que se renovara esa conversación".

Alaba Krauze 'biografía'

El historiador Enrique Krauze alabó ayer la publicación de Viaje de Vuelta, de Malva Flores, que definió como un ejemplo de cómo escribir la biografía de una revista, aunque sugirió al FCE que en futuras ediciones se incluya un índice onomástico y aconsejó a su autora ampliar la contribución de Gabriel Zaid en la empresa.

En el caso de Plural en la cultura literaria y política latinoamericana, de John King, Krauze comentó que si bien se trata de un trabajo académico serio que recoge los tres aspectos fundamentales de la revista: la crítica cultural, la crítica política y la creación literaria, es más una crónica que un análisis crítico.

"Es un panorama sólido, escrito con precisión pero sin emoción", aseguró.








Otras notas de la presentación, aquí.

lunes, 19 de marzo de 2012

Plural y Vuelta

"Para Vuelta, los lectores no fuimos consumidores, sino ciudadanos. La vocación minoritaria de sus miembros no respondió a un afán 'elitista', en términos de clase, sino a la convicción de que el artista, el rebelde, el crítico, no podían ser productos de maquila. Su intransigencia política o literaria apuntó más bien al reconocimiento del individuo, de su capacidad para admirar el mundo y para criticarlo desde una postura independiente, discrepando de la unanimidad."



jueves, 12 de enero de 2012

Valor civil (abandonar la fila)

Cuando llegué a la fila, a las siete de la mañana, ya se habían reunido todos los signos que en cualquier película de desastres aéreos que se respete profetizan el error de abordar un vuelo con rumbo del desastre: la presencia de una monja, moscas, una embarazada, una pareja feliz, varios niños berreando y un equipo de lo que sea (basquetbolistas, feministas en tránsito a un congreso “de género”, adoradores del Dalai Lama, escritores, etcétera), son el anuncio de la calamidad que vendrá. En mi fila había dos monjas (o sucedáneos) que tejían; la primera, una bufanda azul maya con estambre El Gato; la segunda, un intrincado rosario hecho con nudos. La ojerosa embarazada, a mi lado, deseaba cubrir los estragos del paño con un maquillaje cuyo color revelaba la distancia profunda que existe entre el modelo y el ideal. Formábamos el equipo los 101 ciudadanos antes que yo, yo misma y la legión que poco a poco se fue formando en la fila cuyo propósito era que un dios ciego y sordo nos reconociera como nosotros mismos. Es decir: yo soy yo y, por favor, acredítelo. Las moscas llegaron poco después, acompañando un puesto de fritangas que convenientemente se instaló cerca de la fila. Las aladas pronto tuvieron compañía cuando llegó el camión de la basura y me felicité en ese momento por haber huido de la ciudad de México que, según los noticieros, estaba sumida, gracias a la previsión de sus gobernantes, bajo toneladas de basura. Pero una fila convoca toda clase de pensamientos absurdos (o no tanto) y muy pronto cierto terror se apoderó de mí: éramos el blanco perfecto para una ráfaga de “Cuernos de Chivo”.

Yo veía todo desde una sillita portátil. No me volvería a ocurrir. Hace seis años permanecí de pie cerca de cinco horas, bajo un sol inclemente, en otra fila dispuesta para que los recién llegados a provincia pudiéramos votar en una de las dos casillas que la ciudad dispuso para los fuereños. Las elecciones del 2006 habían dividido y acabado con mi familia. Con el propósito de reunirla en un odio común, decidí aquel verano votar por el PRI, a pesar de haberlo hecho siempre por el PRD. Pero nadie votó, porque cuando faltaban 12 personas para entrar a las urnas, Emiliano, que tenía apenas dos años y medio, empezó a vomitar como una fuente y debimos abandonar la olorosa fila frente a los ojos rencorosos de la ciudadanía que debió cargar con la peste. Ese mismo día comprendí que la decisión de Emiliano había sido la más sensata y había evitado, a los integrantes de mi familia, la vergüenza de nuestra elección.

A las siete de la mañana cualquier fila ofrece un espectáculo deprimente. Todos los allí formados vestían de color oscuro. Por eso destacaban dos personajes curiosos: un muchacho que combinaba el horror de sus Crogs rosa mexicano con una gorra donde venían estampados los símbolos del ascenso y caída de nuestra dolida civilización: en la visera, la imagen de la Guadalupana; en la gorra, el escudo de la Selección Mexicana de Futbol, ambos bordados primorosamente, lo juro, en chaquira y lentejuela, como la china poblana. Lo más singular del joven era su voz, que cada cinco minutos repetía, en el infaltable celular, “vale verga”. El otro personaje raro era una muchacha que con brevísima minifalda amarilla, besaba apasionadamente a su novio, del que nunca pude conocer el rostro. A las 10 de la mañana, mientras sudaba a causa de mi chamarra con forro de falso borrego, pensé que al menos era lindo vivir en una “entidad” donde no está prohibido besarse a placer, en plena calle, y mostrar las piernas a cualquier hora del día.

“Hace falta valor civil, para seguir aquí”, dijo una señora, al cuarto para las once. Para mí, “valor civil” está ligado axiomáticamente a la voz de mi madre: “Ten el valor civil de reconocer que mentiste” o “ten el valor civil de admitir que te comiste el postre, que manchaste la blusa de tu hermana, que viste feo a la maestra…”. Valor civil es, para mí, algo parecido a esa parte del “Credo”, cuando uno se da golpes en el pecho mientras murmura contrito: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa”. Si yo hubiera sido una ciudadana ejemplar, no habría esperado a la última semana para hacer el trámite y hoy debía tener el valor civil de reconocerlo: por mi culpa, por mi grande culpa. Eso pensaba cuando llegué, por fin, al primero de los tres “retenes”, donde los empleados revisaban si el ciudadano traía todos los documentos en regla. El muchacho de los Crogs fue eliminado y se fue gritando su consigna. Yo estaba aterrada: la voracidad de mi gato acabó con una esquina de mi única acta de nacimiento original. Pasé, y gracias a mi temprana euforia pude advertir que junto al letrero que decía “Módulo de atención ciudadana”, había otro, igual de grande, que en letras negras y rojas señalaba: “Prohibida la entrada a VENDEDORES AMBULANTES, ADIVINADORES (ofrecer lectura de mano). Cualquier persona que sea sorprendida será consignada ante las autoridades”. Entonces avanzó la fila y pude finalmente entrar a la horrenda construcción cuyo arquitecto supuso que emulaba Teotihuacán. En el pasillo anterior al segundo retén (donde revisaban lo mismo), estaban acomodadas varias mesas de libros a la venta: la obra completa de Paulo Cohelo, las aventuras del niño mago, una versión Anime de El arte de la guerra y El libro de la selva (“en sólo 25 páginas!”, decía la orgullosa portada); La filosofía del Dr. House; Las mujeres que aman demasiado; Humano, demasiado humano; Historia de mis putas tristes, El miedo a la libertad y muchos libros de Deepak Chopra, uno de los cuales advertía en su contraportada: “Si supieras que los milagros pueden ocurrir, ¿cuáles pedirías?”. Yo pensé que definitivamente había errado mi vocación y —recordando que al poeta Joseph Brodsky lo habían sentenciado a prisión porque los fiscales soviéticos consideraron que la suya era una “vocación socialmente parásita”— consideré que era ya un milagro no compartir con los ambulantes y los adivinadores el cartel de la entrada. “Qué estúpida pretensión”, me reconvine inmediatamente.

Dos horas más tarde, y una vez revisada nuevamente mi documentación, pasé a que me tomaran la foto y debí esperar una hora más a que “escanearan” mis documentos. Salí con el alma inflamada de nacionalismo, con un papelito que me augura que el 9 de febrero deberé pasar por un nuevo tormento para al fin tener la preciada Credencial de Elector. Con ella en la mano estaré segura de que ese dios sabe que yo soy yo; que tendré la oportunidad de elegir a uno de sus feligreses quien, como él, ni me vea ni me oiga; pero también podré hacer otro trámite para sacar mi pasaporte, abandonar definitivamente la fila y buscar un paraíso donde nadie me exija que demuestre que yo soy yo y los adivinos tengan futuro. Pero ese paraíso no existe.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Tomás Segovia, el "familar del mundo"

Hace un año Tomás Segovia (1927-2011) vino a Xalapa y tuve la fortuna de presentarlo aunque, en realidad, no era necesario. Reproduzco, a modo de homenaje, las palabras de aquel día.

Tomás Segovia es “el familiar del mundo”. Me parece que esta frase con la que Guillermo Sucre definió a Segovia en la ya lejana década de los ochenta aún sigue vigente. Pocos, realmente muy pocos son los poetas que, como él, vivieron de cerca y fueron protagonistas de una de las etapas más intensas y fructíferas de la poesía mexicana, esa que en la segunda mitad del siglo XX nos legó un cúmulo de nombres y obras hoy imprescindibles. En su lugar, parece obvio que cualquiera se dedicaría a cultivar un jardín complaciente, pero no él: Tomás Segovia ha tenido siempre una conciencia obstinada del tiempo y las circunstancias que le han tocado vivir. Por eso, no es nada más el autor de Anagnórisis o Casa del nómada: se le conoce no sólo como un crítico y polemista literario (los tomos de sus Ensayos junto con Poética y profética lo atestiguan) sino también como un intelectual con un profundo sentido ético.

Como cualquiera puede comprobar, Tomás Segovia insiste en su diálogo vivo y a veces conflictivo con la realidad: un vínculo tan puesto al día que no duda en recurrir a la red con esa naturalidad de la que sólo él es capaz. Así, su sitio en Internet se llama simplemente: El blog de Tomás. En las últimas entradas pueden leerse, por ejemplo, un comentario sobre los historiadores y la democracia en nuestro país tanto como un adelanto de sus “cuadernos de notas” (no Diario, aclara), en donde el poeta ha ido registrando el cauce de su pensamiento contrastado siempre con el ruido de afuera, reflexionando sobre las formas de la poesía más reciente o sobre el lugar de la poesía en el mundo actual: una constante en muchos de sus ensayos: “La poesía, dice Segovia, está fuera de lugar porque da fe de que el origen está perdido y es nostalgia del origen, pero en la globalización el origen no está perdido, sino borrado, oprimido y culpabilizado. La globalización no es ni lugar, ni nostalgia del lugar, ni mirada exterior que da sentido al lugar.” Lo cierto es que la poesía de Segovia, ávida de realidad, de música y de cuerpo, consigue hacernos visible el lugar verdadero, es decir, nos esclarece el mundo, le da sentido.

No es raro que un poeta que ha hecho de la errancia una metáfora de su condición –y aún de su elección– nos hable de nostalgia del origen... Pero decir exilio, para él, no es sólo hablar de una historia personal sino también de un destino que asume la vocación del nómada, buscando refundar el mundo donde haya lugar.

Tomás Segovia nació en Valencia en 1927 y al comienzo de la Guerra Civil emigró a Francia, desde donde viajó a Marruecos y después a México, lugar de adopción en el que vivió la mayor parte de su vida, hasta que volvió a España. En nuestro país y junto con Carlos Fuentes, dirigió la Revista Mexicana de Literatura. Más tarde, fue secretario de redacción de Plural, dirigida entonces por Octavio Paz. Asimismo, fue fundador y miembro de la revista Vuelta. En México se formó y escribió gran parte de su obra, la que se despliega en terrenos tan variados como el guión cinematográfico y la investigación lingüística; la narrativa, la traducción y la edición, para desembocar en lo que define como su pasión irrenunciable: la poesía. En 1998 el Fondo de Cultura Económica reunió sus libros de poemas bajo el título general de Poesía, 1943-1997, summa que es ya un clásico de nuestras letras y al que le han seguido otros títulos al paso de los años. De una u otra forma, en estos libros habla la voz del “familiar del mundo” (el errante por biografía y por vocación), pero también habla la voz de una memoria, la huella de un origen quizá más mítico que individual o anecdótico.

Para mi generación, como para tantas otras, la figura de Tomás Segovia es una presencia tutelar, es una casa en su más amplia acepción. Lo hemos leído, lo hemos discutido y no pocos lo hemos plagiado. El azar ahora me procura la fortuna de ofrecerle disculpas. Sólo después de tener en mis manos un libro que escribí bajo el que yo pensaba prístino título de Casa nómada, pude darme cuenta de una devoción que se cumple más allá de los nombres, pero también leí mi descarado plagio.

Hace cincuenta años Tomás Segovia publicó en la Universidad Veracruzana El sol y su eco. Esta casa editorial hoy lo recibe con el enorme gusto de quien mira volver a uno de sus hijos. “La travesía vuelve siempre a Ítaca”, ha escrito Segovia. “Todo es Ítaca, todo es el presente/ detrás de la memoria”. Con la lectura de estos versos quiero concluir para decirte las palabras que en tantos sitios y tiempos has oído: Tomás, bienvenido a tu casa.

domingo, 22 de mayo de 2011

Lucrecia y el fin del mundo

Según todos los vaticinios, ustedes que me escuchan y yo que leo, estamos muertos y somos sólo una especie de fantasmas. Probablemente, aunque nada lo prueba, aún sigamos vivos, pero los pronósticos dicen que en algún momento del día, este 21 de mayo de 2011 caeremos abatidos por la fuerza de un gran terremoto con el que dará inicio el fin del mundo; porque incluso para el mundo real, el Apocalipsis tiene una secuencia cinematográfica cuyo fin será en octubre: cinco meses de hueso y pesadilla.

Por qué entonces estamos aquí leyendo a Shakespeare. O, si no se acaba el mundo en las próximas horas, para qué vamos a leer el polvo viejo de un hombre que nos es tan ajeno. Qué puede decirnos esta historia, la de Lucrecia, que no miremos en forma cotidiana y a colores en la tele: una mujer violada, la historia del poder y de su abuso, sólo una muerta más y su estela doliente. ¿Para qué la leemos si volteando los ojos la violencia está aquí, junto a nosotros, como una mancha que carcome los muebles, que ningún cloro mata y que viene acompañando la historia de nuestra triste barbarie desde aquel lejano paraíso del que fuimos expulsados hace ya tanto y seguramente con justicia? Peor aún, ¿por qué vamos a leer la historia de Lucrecia, la fuerza de su indignación y su lamento, en esa forma rara, también ajena, que se llama poesía? ¿Para qué detendremos los ojos en esa forma, creada por el hombre o por dios o por los varios azares del DNA, según prefieran, que nos hizo cantar, en forma de poema, si podemos leer el periódico, ver la televisión o leer, en las ya incontables novelas sobre el narco, por ejemplo, la crónica mortuoria de nuestras atrocidades?


Dice Harold Bloom —ese espantoso reaccionario, dirán algunos miembros de lo que él mismo llamó “la escuela del resentimiento”— que William Shakespeare es el centro del canon occidental, que Shakespeare representa la invención de lo humano y que seguimos volviendo a él porque lo necesitamos; “nadie más —dice Bloom— nos da tanto del mundo que la mayoría de nosotros consideramos real”. El poema narrativo Lucrecia, o La violación de Lucrecia, fue publicado en 1594 y su argumento nace de una figura que ha inspirado a lo largo del tiempo un sinnúmero de interpretaciones sobre el significado de los actos que llevaron a Lucrecia, esposa de Colatino, al suicidio. De acuerdo con Tito Livio, los romanos sufrían bajo la tiranía política de Tarquino cuando su hijo, del mismo nombre, violó a Lucrecia quien llevó su vergüenza hasta el suicidio pero antes de hacerlo solicitó venganza. Para cumplir su deseo, Bruto levantó en armas al pueblo dando origen a una revolución política que marcaría el fin de la monarquía y el comienzo de la república. Lucrecia significa entonces no sólo la imagen de la castidad como la de la libertad y la fuerza moral frente al poder violatorio del Estado.


Escrito en estrofas de siete versos decasílabos con un esquema de rima ababbcc el poema narrativo de Shakespeare inicia con la cabalgata de Tarquino cuando va en busca de Lucrecia y termina con el juramento de Bruto de vengar la muerte de Lucrecia, cuyo cuerpo es transportado a Roma donde el pueblo, a la vista del oprobioso crimen, resuelve condenar a Tarquino a destierro perpetuo.

La venganza de Bruto no es entonces la muerte de Tarquino. Su carácter se revela, como en gran parte de la obra de Shakespeare como esa voz de una conciencia que inesperadamente trasciende el horror de las pasiones. Dice la obra:

Bruto, que antes extrajo
el nefasto puñal del seno de Lucrecia,

ante esta competencia de lamentos,

comienza a revestir su inteligencia

de dignidad y honor,

y en la profunda herida de Lucrecia

sepulta ya su aparente locura.

Porque entre los romanos

era como un bufón en medio de la corte.


“¿Es el dolor remedio del dolor?”, pregunta Bruto a Colatino, el afligido esposo, pocos versos antes del final. “¿Las heridas alivian las heridas? / ¿El pesar pone término al pesar?” El poema concluye la historia con la expulsión de Tarquino, que es una muerte más cruel aún que su desaparición física.

Quizá alguno de ustedes habrá tenido la curiosidad de contar los versos de la estrofa que leí y con asombro dirá: no son siete los versos que ha leído, no encontré alguna rima y no son decasílabos. ¿Qué hizo el traductor con Shakespeare?

El traductor de Lucrecia, publicado hoy por la Universidad Veracruzana, es un poeta que no requiere presentación. José Luis Rivas, ha empeñado en esta obra la fuerza considerable de una voz que trae hasta nosotros los siglos que separan a Lucrecia del primer día que vio la luz hasta hoy, con un lenguaje vivo. Rivas explica así su propósito: “Aquí hemos sacrificado algunos aspectos constitutivos de la Lucrecia shakespereana. La rima real del poema ha sido sustituida por estrofas nada regulares de seis, siete, ocho y has nueve líneas, con la pérdida consiguiente del decasílabo y la rima originarios".

¿Por qué Rivas hizo eso? Una reseña de la puesta en escena en España de esta Lucrecia, interpretada por la primera actriz Nuria Espert, lo dice mejor que yo: “La espléndida traducción de José Luis Rivas llega transparente, sin gota de retórica, sin voces extrañas: a caballo de una dicción cristalina, el poema parece iluminarse por esos relámpagos que Coleridge percibió al escuchar a Kean”.

Los relámpagos de la poesía, esa claridad eléctrica que nos desnuda de súbito, siempre son el presente. La poesía siempre es hoy, y eso es lo que consigue la notable traducción de José Luis Rivas en esta versión que es, como toda traducción verdadera, una restauración de lo que somos y hemos sido para enseñarnos, hoy, la miseria del hombre, pero también el prodigio de lo que hemos hecho posible gracias a la palabra. Las palabras de Shakespeare, las palabras de Rivas, se vuelven este día una misma asunción de lo mejor que hemos hecho para enfrentar el espanto del mundo.


Contra todo pronóstico, y a menos que en un segundo más caiga sobre nosotros la fe en el cataclismo, la poesía sigue viva porque va, junto a nosotros, con nosotros, mientras aún respiremos. En el prodigio de su forma podemos aún reconocernos. Por eso leemos a Shakespeare, por eso leemos a Rivas. Yo, que a lo mejor vengo hoy en forma de fantasma, podría decirles que lo único que se opone a la muerte es la belleza porque de toda la miseria del hombre es lo que acaso nos haga perdurables.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Malva Flores: de la introspección del poema al enojo

por Alejandro Toledo Oliver
fragmento publicado en Milenio y su versión íntegra en Riverrun

Para Malva Flores (Ciudad de México, 1961), la poesía es un libro móvil de respuestas íntimas. “Tú las encuentras cuando las escribes y si se publican en forma de libro puedes tal vez compartirlas. Es, para el que escribe, una explicación del mundo como experiencia de algo invisible: la tensión entre tu necesidad y tu deseo.”

En Luz de la materia (Era/Conaculta, 2010), construye un poemario de nostalgia y melancolía, doble viaje (de ida y vuelta) a la semilla; se lee ahí: “Nada regresa, nunca, igual a cuando fuimos”, aunque se da espacio luego a la esperanza del presente a través de la intuición poética: “Sólo nos queda el aire / este temblor de hojas”.
—¿Cuál es la historia de este libro?

—La mayor parte lo escribí cuando vivía en México, en un momento que entonces percibí como muy difícil en mi vida. Tenía necesidad de recordar el sitio de mi infancia como un asidero de paraíso y así, reconstruirlo desde la memoria. Eso ocurre en “Dominio”, la primera parte, y en “Mudanza del árbol”, la última. Pero quería también burlarme de mí misma, de la que era en ese momento y de la que yo hubiera querido ser entonces: eso es “Malparaíso”, la segunda sección del libro. Me tardé tantos años en publicarlo tal vez porque necesitaba poner una distancia entre el presente y lo que había escrito años atrás.

—¿Tu obra ensayística o tus investigaciones literarias tienen eco en los poemas?
—Ya había escrito la mayor parte de ese libro cuando un día desperté y me di cuenta de que ya no estaba triste, ya no me cuestionaba a mí, es decir, ya no escribía poemas: estaba enojada. El arribo de la tan deseada transición democrática a manos de un partido que no tenía interés real en la cultura mostró muy pronto lo vano de los afanes que habían dividido el mundo cultural pocos años atrás: parcela ya de nadie cuando Vicente Fox anunció el arribo de los head hunters y la cultura no quedó en manos de los grupos culturales que se disputaban el poder sino en la de “administradores” o gente del espectáculo de dudosos méritos culturales. Entonces, te digo, ya había pasado de la introspección del poema al enojo. No con el gobierno, que es lo más sencillo, sino con quienes habían dejado de criticarlo.

En esa época, dice Malva, no entendía ella por qué los poetas habían olvidado expresarse críticamente sobre los asuntos públicos. En su percepción, los mayores enmudecieron y la generación de poetas que debía relevarlos también guardó silencio, en su mayoría, o creyeron ver, acríticamente, un rayito de esperanza. Escribió entonces El ocaso de los poetas intelectuales, con el que obtuvo en 2006 el premio de ensayo José Revueltas. Sigue:

“Después vi que, en la debacle, no me había dado cabal cuenta de otra pérdida. Cada mes yo leía, discutía, me enojaba, me divertía y aprendía, leyendo una revista: Vuelta. Por muchas razones más, Vuelta se convirtió para mí en un personaje: odioso, amable, inteligente, contradictorio o entrañable, como son las personas. A su muerte, no la de Paz, a quien no conocí, sino al cierre de la revista, se perdió un interlocutor valioso, aunque fuera para discutir, o tal vez por eso mismo. Vuelta era también, de algún modo, una casa. En ‘Mudanza del árbol’, la última sección de Luz de la materia, yo quería volver al lugar de mi niñez porque uno cree que allí, en la infancia, fue feliz. Regresé entonces también a Vuelta, pero en ambos destinos ya no había casa. Aún así quise ver de nuevo el sitio, metafóricamente hablando, para saber qué había pasado. Afortunadamente, como todo personaje que se respete, Vuelta dejó un diario: las páginas de la revista...

Seguir leyendo en Riverrun