domingo, 10 de mayo de 2009

Última visita de Luis Ignacio Helguera


Con los ojos al cielo, pidiendo ya clemencia o acaso una señal, anoche vi llegar el fin del penúltimo día de contingencia sanitaria. Con el cerebro licuado procuré inventar una más, la última, actividad para mis hijos. Sacamos una enorme caja de fotografías que no habían sido incluidas en ningún álbum desde que llegamos a Xalapa. Emiliano las extendió sobre la cama y de pronto una llamó su atención. La fotografía fue tomada el 12 de mayo de 1995, el día de mi boda con David. En ella aparecen varias personas que no logro reconocer y otras cuya presencia en mi vida ha sido, de alguna u otra manera misteriosa, fundamental. En el margen izquierdo logro distinguir a Rodolfo Mata y a su mujer; junto a ellos están, aún sin conocerse, Rose Mary Salum y Gustavo Jiménez. Junto a la puerta que da a al pequeño jardín interior de la casa de mi hermana advierto, de espaldas, el saco mostaza de Aurelio Asiain, y más allá, otros amigos que en aquella época colaboraban en el Semanario de Novedades y en Vuelta. “¿Por qué está rota?”, me preguntó Emiliano, señalando con el dedo una evidente ausencia en el margen izquierdo de la imagen.

Conocí, o reconocí, a Luis Ignacio Helguera el día de la presentación del libro Sendas de Oku en un edificio enorme, blanco, con un amplio pasillo. No recuerdo si era un museo o el Centro Bancomer. He olvidado, también, la fecha. Allí aseguró que me había visto antes, en otro sitio, pero ni él pudo hacer memoria ni yo deseaba que lo hiciera. Por razones que no viene a cuento mencionar, me estaba recuperando de una larga enfermedad que me produjo una especie de amnesia selectiva por espacio de varios años. Tenía miedo de todo y de todos.

No sé con exactitud cuánto tiempo pasó entre la primera vez que lo vi y el momento en que empezó nuestra amistad. Lo cierto es que, quizá a mediados de 1993, David me invitó a la tertulia que todos los jueves se llevaba a cabo en La Tasca Manolo. Quien la animaba era justamente Nacho y pasamos a formar parte de los habituales, junto con Álvaro Quijano y Ernesto Hernández Busto. Allí, después de ordenar unos champiñones al ajillo y la inevitable chistorra, pasábamos varias horas platicando o jugando dominó. No pocas veces llegaron algunos amigos del Konditori, la “tertulia de té y galletas”, se burlaba cariñosamente Nacho. Entonces aparecían Juan Villoro, Tony Deltoro o Rosa Beltrán. Había otros que, pienso, no estaban “abonados” a ningún café o restaurante y cuyas visitas eran ocasionales: Aurelio, Daniel Sada, Carlos Miranda, Guadalupe Sánchez Nettel (hoy Guadalupe Nettel); sin embargo, por lo general estábamos los de siempre.

Nacho y yo no hablábamos nunca de poesía. Un día descubrimos que nos unían otras pasiones: la felina (él era un aficionado del alicaído León; yo, de los Pumas) y el amor por Brahms. Con esa suerte de ironía reprimida que siempre caracterizó a Nacho cuando hablaba conmigo al principio de nuestra amistad, me dijo: “Qué raro. A las mujeres no les gusta Brahms y no lo conocen”. Supe que era el inicio de un examen y supongo que aprobé porque desde ese día Nacho cambió su actitud amable pero distante y se volvió gentil, cariñoso, entrañable.

Sospecho ahora que otra cosa más me unía a Nacho: el amor por ciertos objetos o muebles. No sé si él, como yo, pensaba que los objetos guardan una parte, aún animada, del ser que fue su dueño. Por razones que otros atribuirían al azar —yo, al destino—, la mayor parte de mis muebles pertenecieron antes a otras personas. El piano donde estudia Emiliano fue de mi abuela, el sillón de mi sala es el mismo donde Álvaro Quijano se sentaba durante sus terapias; cinco de mis libreros fueron de Aurelio Asiain, etcétera. Nacho amaba el imponente comedor de sus antepasados, estableció extrañas disputas por los muebles de su baño; alguna vez me contó la molestia que le causaba no poder recuperar los recipientes donde una tía le había preparado la cena de una triste navidad que compartió en casa de algunos amigos. Sin embargo, era capaz de regalar discos inencontrables, primeras ediciones de viejas antologías de poesía, raros diccionarios, o la obra completa de algún poeta inglés, en edición de lujo que pasó, como en los otros casos, de su librero lleno de sorpresas al nuestro.

Nacho era, ante todo, un amigo de capa y espada. No sin cierta impaciencia, pero siempre con afecto, escuchaba mis reclamos imprudentes contra amigos comunes. Tratando de disculparlos, finalizaba diciendo, “es mi amigo” y yo sabía que era el momento de callarme. Sé bien que hizo lo mismo cuando el amigo odioso o imbécil fui yo.

Cuando nació Valeria, Álvaro ya había muerto y Ernesto se había ido de México. Dejamos de asistir a la Tasca Manolo. Nacho nos visitaba en la casa. A partir de entonces, nunca llegó sin un ramo de flores que sonriendo entregaba a mi hija, cuya escasa edad le impedía apreciar ese gesto delicado. Volvimos a reunirnos con cierta frecuencia cuando Aurelio nos invitó a formar parte de (Paréntesis). Casi siempre fui sola pues por esas fechas se manifestó en David el inicio de un proceso misántropo, tal vez irreversible. En el viejo y oscuro edificio de Campeche 429 donde estaban las oficinas, me sentaba junto a Nacho, como si fuera un talismán, para vencer un doble miedo: el que me provocaba la incertidumbre de lanzar alguna estupidez delante de los presentes y el pavor que después del temblor del 85 me producía, y aún me produce, aventurarme a partir de la Condesa: frontera inestable de lo que para mí era el principio de un territorio oscuro y lleno de peligros. Yo deseaba, más que cualquier otra cosa, que esa revista tuviera un futuro luminoso; que en medio de mi caos devolviera las cosas a su orden… pero nombre es destino. Empecé a faltar a las reuniones cuando el miedo fue mayor que mi deseo.

Pocos días antes de su muerte, Nacho habló a mi casa.
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sábado, 25 de abril de 2009

Vivir en el limbo

Hace algunos años un querido amigo —Rodolfo Mata— y yo pensábamos cómo volvernos medianamente ricos. Juntos habíamos hecho algunas cosas, todas ellas reñidas con el dinero. Las más lejanas de nuestro legítimo anhelo monetario fueron la edición de un libro y la preparación de una antología.


El libro en cuestión (Aviso a los náufragos, de Paulo Leminski) había sido traducido del portugués por Rodolfo y confiado a las manos ingenuas de un matrimonio que creía en la edición artesanal, en la posibilidad de la poesía como primera piedra de una empresa, en la amistad como principio de la lectura, en fin: un par de burros que gastaban su escaso dinero en libros que cosían a mano, por los que no pagaban ni dos pesos de regalías a los traductores (se trataba de una colección bilingüe) y que repartían los cien libros del “tiraje” entre sus amigos. Sergio Valero y Ari Cazés nos acompañaron, a David Medina Portillo y a mí, en esa empresa fabulosa cuyo destino estaba ya marcado por su nombre (Eldorado ediciones) pues —aun conociendo la dichosa frase nombre es destino— nadie se da cuenta de los verdaderos alcances de nombrar. (Me disperso un poco pero no puedo evitarlo: mis padres me pusieron nombre de rumbera. Cuando he llegado a Conaculta de pedigüeña, las amables asistentes me han dicho, al ver mi formato de solicitud: “Maestra, donde dice ‘nombre’, escriba usted su nombre. Hay un espacio destinado al nombre artístico”. Veinte años atrás me habría regresado directo a insultar a mis padres. Ahora sólo sonrío con aire melancólico apropiado porque sé que, además de flor, color, comida para vacas y manera de referirse a alguien que ya está muerto (“criar malvas”) —entre otras acepciones más desagradables— mi nombre significa “pena del corazón” (así me lo dijo hace ya también muchísimos años Huberto Batis, con un raro, enorme y polvoso diccionario de nombres en la mano). En fin, el último o penúltimo libro que Eldorado editó fue justamente Aviso a los náufragos y no nos dimos cuenta del mensaje.


Por la preparación de la antología no percibimos, tampoco, dinero alguno, pero gracias a ella Rodolfo y yo inauguramos un chiste personal sobre las posibilidades del limbo. Allí, al limbo imaginario —que en realidad era el piso de mi departamento— lanzábamos, él y yo, algunos libros sobre cuyo destino no estábamos tan seguros como los otros dos amigos con los que compartíamos nuestro ánimo selectivo (Gustavo Jiménez Aguirre y, nuevamente, David). La antología se llamó Casa en el horizonte, aunque debo decir que nada tuve que ver con ese nombre y no sé, tampoco, si se volvió una casa o, más aún, si había horizonte. La única certeza al respecto es que los allí reunidos, entonces jóvenes poetas, ya no son jóvenes hoy. (Suscribo todavía, sin embargo, gran parte de aquel deslinde).


Mucho tiempo después le propuse a Rodolfo que hiciéramos una nueva selección. Esta vez recogería, no poemas, sino certezas populares. Nada de andarnos por las ramas. Iríamos al centro mismo de la creación. La antología, pensaba yo, debería tener un título probablemente largo, probablemente chistoso, probablemente irónico. La muestra era enorme: todas las frases y acciones reales o atribuidas a Carlos Salinas de Gortari: desde el famoso “no se hagan bolas”, hasta aquella sombra que recorrió el país bajo la especie de que el ex presidente había vendido el Popocatépetl a unos japoneses que allí habían instalado laboratorios clandestinos, razón por la cual la erupción era inminente.


En el taxi que nos conducía a otra lectura de poemas, recordamos algunas de las más chistosas, de las más inverosímiles de aquellas historias que serían parte de un festivo “mito urbano” si algunas de ellas no fueran tan ciertas. Sin embargo, como no tenía nombre, no nació, y perdimos la oportunidad de hacernos ricos.


Ayer, en un espacio de tiempo muy corto, me enteré de que la enfermedad que nos acecha se llamaba influenza y acabó, después de mutar varias veces como el mismo virus, en gripe porcina. Desafortunadamente los virus nacen y viven independientemente de su bautizo. El limbo, pues, es nuestro. Por eso, y después de escuchar y leer las más increíbles historias sobre la propagación de la enfermedad, lamenté que mi querido amigo me hubiera abandonado en este limbo y se divirtiera, lejos de la gripe porcina, pero también de la imaginería popular, en un lugar de nombre Río Claro en Brasil.

sábado, 28 de marzo de 2009

Elogio del homenaje



Los que dicen que en México no tenemos memoria, se equivocan. (No me refiero, por cierto, a la exoneración de Luis Echeverría). El silencio alrededor de los escritores, de su obra y trayectoria, es algo que no existe y aquella historia del “ninguneo” que tanto molestaba a Paz es falsa. Baste ver cómo la patria generosa reconoce a sus hombres (y mujeres) preclaros.

También es mentira que la patria sea iletrada; que nunca haya atendido las propuestas de sus escritores es un infundio. Es lenta pero segura. En 1985, Zaid se preguntaba ¿Por qué hay años cargados de homenajes, y otros casi vacíos?” Antes de analizar, tabla mediante, las razones por las cuales la “mafia de los nacidos en 4” se imponía en la celebración de homenajes, aseguraba que “si las personas homenajeables son como el resto de los mortales por lo que hace a sus natalicios, el número de homenajes por año debería ser estable, con tendencia a ir creciendo, ni más ni menos que la población”. Eso, que no era vaticinio, sino sesudo análisis, ha sido cumplido. Como somos muchos, son muchos los homenajes. Sin embargo, y para compensar los errores que los padres cometieron al no anticipar un posible reconocimiento a su retoño, a la espera de que llegue el día, se celebran también los cumpleaños de los libros.

Claro que según el sapo es la pedrada de la fiesta. No es lo mismo que tu libro cumpla 20 años a que cumpla 50. Tampoco pueden compararse los 80 años de un “Juan de su madre” que por ahí escribió tres libros de poemas en oscuras editoriales del “interior de la república”, que los robustos ochenta del autor de “El tuerto es rey”, cuyo homenaje nacional ocupó un presupuesto tan generoso que se hubieran podido construir varias casas (de interés social) con él.

En ese mismo artículo, Zaid hizo una sugerencia que algún día, estoy segura, se verá cumplida:

Hoy que la ciencia y la cultura se han vuelto cosa administrativa, no estaría de más profundizar esta demografía de la celebridad, como una disciplina de apoyo a la planeación cultural. (...) En una etapa superior, la planeación demográfica de la celebridad podría llegar al seno materno. Así como se han logrado especies enanas, que facilitan el trabajo de las cosechadoras mecánicas, habría que lograr vientres que vayan depositando mexicanos homenajeables en proporciones estandarizadas presupuestalmente año con año. Eso optimizaría la programación de homenajes, el aprovechamiento de instalaciones, la movilización de asistentes y, desde luego, el presupuesto.

Yo me encuentro en el limbo generacional. Ya no soy “joven creadora”, mi primer libro es tan viejo y tan malo que ya olvidé cuándo se publicó. Así que, como me falta poco para cumplir el medio siglo, propongo que se recorran los homenajes para celebrar los dorados cincuenta. Sé que la patria generosa quizá haga caso a mi reclamo cuando esté por la centena, pero al menos tengo una ilusión duradera.

Pero este post tenía otro propósito: hacer visible la atención que el país brinda a las palabras de esos que siempre se andan quejando porque nadie les hace caso: los poetas. Hace más de cien años, en sus Fuegos fatuos, Amado Nervo decía:

Los mexicanos tenemos una vanidad literaria, irritable, vidriosa, quebradiza. Entre mentarle la madre a alguno o decirle que su prosa es infumable, escojamos sin vacilar lo primero… (...)Yo de mí sé decir, que aunque indigno pecador y mala persona y todo, he tomado mi partido. He escondido en lo más recóndito de mi alma mi pesimismo ingénito, heme plantado en el caballete de la nariz lentes de aumento, y todo lo veo grande, incomparablemente hermoso. Acepto incondicionalmente hasta los ingenios más problemáticos y (...) llevo por norma este gran principio de gramática parda literaria: no escribir acerca de nadie si no puedo elogiarle.

Así la patria.

domingo, 15 de marzo de 2009

Listas y medios



No deja de sorprender el escándalo que se ha desatado porque la revista Forbes decidió incluir al Chapo Guzmán en su lista. Debe advertirse, no obstante, que el Chapo no se encuentra entre los primeros 500 millonarios —cuya lista encabezan Bill Gates, Warren Buffett y Carlos Slim—, y sólo es considerado un “nuevo rico”.

Supongo que la inclusión del agraciado mina la percepción que se tiene de la patria. Pero, nuevamente, este asunto de la percepción es engañoso. Qué es lo verdaderamente grave, ¿que México se exhiba en las listas de Forbes como exportador de narco-millonarios, o que los narco-millonarios existan? ¿El ocultamiento de la verdad, la modifica? Es un asunto difícil porque, dirán quienes saben, la apología de la violencia sólo conduce a su fomento y de algún modo tienen razón.

Más allá de las declaraciones de la presidencia al respecto, incluidas en la presunta campaña contra México que, acertadamente Silva-Herzog Márquez señala, fue iniciada por el mismo presidente —“No nació en una oscura sala conspiratoria de Washington la idea de que el Estado mexicano perdía el control de ciertas zonas del territorio. Desde el arranque de su gobierno, el presidente Calderón declaró enfática y claramente que el objetivo de su política contra el crimen era ‘recuperar el control territorial.’ Hasta donde entiendo, se recupera lo que se ha perdido”— lo que en realidad me asombra es la postura de los medios.

Hoy están ofendidísimos, exhiben la camiseta tricolor, son uno solo defendiendo la imagen alicaída del terruño entrañable que unos gringos “sin metodología”, “sin fuentes confiables”, han venido a manchar. Esos, los plañideros de hoy, ayer se solazaban mostrándonos cabezas, haciendo sus propias listas, estadísticas y cuadros sobre el número de muertos en el día, el acumulado de la semana, del mes y, por supuesto, el gran total para “el año que vivimos en peligro”, como algunas televisoras han llamado al rosario de narco-ejecuciones que recetan a los televidentes.

En realidad yo no debería hablar de esto. Yo escribo poesía y por lo tanto, dirán los especialistas que pueblan la pantalla, mi única competencia se reduce a padecerlos.

martes, 24 de febrero de 2009

Alberto Ruy Sánchez, Facebook y la censura


“Facebook te ayuda a comunicarte y compartir tu vida con las personas que conoces”, es lo que dice la página de inicio a donde llegué, como todos, por invitación y a la que decidí entrar por tres razones:

  1. Leí en un diario español (El país o el ABC, no lo recuerdo) una nota que planteaba la intrigante historia de una muchacha que tenía cientos de miles de amigos (estoy exagerando, pero sigo sin recordar: eran muchísimos) en Facebook y ninguno en la vida real.
  2. Quería saber de viejos amigos reales, cuya presencia en las pláticas de sobremesa en mi casa es frecuente.
  3. Estoy escribiendo una novela que de algún modo tiene que ver con FB, aunque en su versión bíblica (Dice en el Apocalipsis: “Después miré, y he aquí que el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su padre escrito en la frente”).

No soy muy adicta, no entiendo muy bien cómo manejar las cosas, tampoco sé cómo eliminar mi nombre de algunas discusiones muy tontas o de la lectura de textos infinitos (como éste) que evidencian que ya es real una de las peores pesadillas del crítico canónico, aunque también, quizá, del arte mismo: la democratización del genio. La masificación del gusto tiene que ver también con los regalos de FB, cuyo código me parecía insondable (¿por qué alguien que no conozco personalmente me puede mandar un planeta neptuno?) hasta que comprendí, desilusionada, que nadie te manda regalos a ti sino que hay una lista donde tú puedes elegir a tus amigos o marcarlos a todos de una vez y enviarles de regalo la luna, saturno, gatitos, besos, rosas, etc. La desilusión fue similar a la que cada año sufro en Navidad: mi padre tiene cinco hijas, llega dos horas antes de la fiesta a Sanborns, le dicta a la dependienta las edades de mis hermanas y mía, y la joven, rapidito, elige el perfume que, piensa, se aviene más a nuestras canas. La falta de criterio de la muchacha, su abismal ignorancia sobre nosotras como individuos, puede provocar oleadas de descontento entre los villancicos.


Ayer llegó a mi correo un mensaje de FB donde se me invitaba a pertenecer a un grupo contra la censura. Como ya me da miedo picarle y hacer alguna burrada, antes de aceptar fui al blog de referencia. Era el de Alberto Ruy Sánchez y allí contaba que Facebook había censurado la imagen de portada de su libro. Quisiera entender. Yo soy madre de una adolescente y de un niño de seis años que sí es adicto a la computadora. Muchas horas de mi vida la paso sentada junto a él porque me da miedo que buscando Spiderman encuentre algo desagradable (y Spiderman es tópico predilecto de las páginas pornográficas). No soy panista, me encantan los besos en la calle pero, ¿dejaría que mi hijo viera la portada de Ruy Sánchez?

No es la primera vez, dice Alberto, que mis portadas son censuradas. En México, más que un tribunal moral del gobierno o de las editoriales, la censura viene de las tiendas, especialmente de las cadenas de autoservicio, cuyos vendedores o directivos tienen criterios más estrechos que en las librerías. ¿Qué protegen cuándo censuran una obra de arte? ¿A quién salvan de qué perversión? Por supuesto, la sensibilidad estrecha, la moral de cerradura, la hipocresía tienden a reproducirse. A buscar que nadie sienta o piense distinto.

La disensión no es pornográfica, es, en primera instancia, la salvaguarda de nuestra individualidad y por eso es peligrosa. La comercialización, la masificación y la aparición de un omnipresente censor universal son el verdadero Apocalipsis, pienso, mientras me uno a la causa y llamo a mi hijo para que suba la foto en este blog.

jueves, 12 de febrero de 2009

Zaid, Vargas Llosa y el Tri: la literatura light y la fama.



No he querido leer las disculpas que Rafael Márquez ofrece a la afición mexicana por, nuevamente, hacerse expulsar en “un partido decisivo”. Los que deseábamos fervientemente que la esperada derrota del Tri diera paso a la expulsión definitiva del sueco de nombre impronunciable, nos hemos amanecido con el obnubilamiento de la Federación Mexicana de Fútbol: “Ericksson se queda”.


No me lleva un espíritu chauvinista al solicitar su pálida cabeza sino el precario conocimiento de un deporte al que he sido aficionada desde hace muchos años; pasión que me llevó a pegar en mi diario los recortes del Esto cuando México perdió 6-0 frente a Alemania en el Mundial de Argentina. (Digo esto para que se entienda que, aun sin ser una especialista, sin ser tampoco Villoro, tengo algún conocimiento sobre el tema). En aquel triste momento, que atesoro como uno de los días más aciagos de mi adolescencia, ocurrió como nunca antes el endiosamiento mediático de una selección inútil. (Recuerdo con particular desagrado aquel anuncio televisivo donde “El gonini” Vázquez Ayala anunciaba Televisores Zenith, detergentes, o algo así, y la imagen mil veces repetida del famoso “niño de oro” y adláteres). A partir de entonces, todo ha sido lo mismo: imágenes e imágenes de un glorioso fracaso anticipado, aunque eso sí, harto divertido (hasta que lloramos).


Dejo la sección de deportes y me dispongo a continuar mi trabajo sobre la revista Vuelta. El tema de hoy: la que considero última polémica literaria del siglo pasado: la “literatura light” vs la “literatura difícil”. Pero la muina no me deja continuar. Todo tiene que ver con todo, pienso, cuando releo el artículo de Vargas Llosa aparecido en el último número de Letras Libres, “La sociedad del espectáculo”, y me siento parte de ese circo romano: el espectáculo en la cancha que lleva al individuo a desencadenar “instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva.”


Concéntrate, me digo. El asunto es la literatura light. Vuelvo a Vargas Llosa: “No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light, es decir, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. [...] La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector, y al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.”


Entonces me acuerdo del libro que recientemente ha publicado Gabriel Zaid, El secreto de la fama (Lumen, 2009), donde vemos ya tipificado el ascenso al poder (y a la fama) del mediocris habilis, el “perfecto incompetente que acaba siendo el número uno” no por ser el mejor o el más apto, sino porque ha sido el “más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono y los reflectores, hacerse popular, lograr que ruede la bola acumulativa hasta que nadie pueda detenerla”. Pienso en nuestros seleccionados y hasta en el sueco, pero también en muchos otros miembros “ilustres”, “mediáticos”, de nuestra República de las Letras.

miércoles, 4 de febrero de 2009

El Premio de Poesía Aguascalientes 2009. "La gran gratuidad de la poesía"


Después del bochornoso episodio que el año pasado ensombreció al Premio Aguascalientes —y no, ciertamente, porque se le considerara desierto; mucho menos porque se haya premiado la obra de Gerardo Deniz— me alegra que este año el jurado conformado por Francisco Hernández, María Baranda y Luis Vicente de Aguinaga, haya elegido como ganador, entre 302 participantes, a un poeta de larga trayectoria —Permanencia en los puertos (1982), La presencia desierta (1986), Oro (1990), Trinidad (1992), Vigilias (1994), El reflejo de lo oscuro (1997) y Poesía y espíritu (1998), entre otros— y, lo más importante, de trabajo poético consistente, original: Javier Sicilia (1956).

Imagino que ser jurado, en las circunstancias actuales, no debe ser tarea sencilla. Desde hace varias semanas se preparan avalanchas de críticas por el mero gusto de establecer polémicas cobijadas en el anonimato; críticas que, en este caso, será difícil mantener antes de leer el libro premiado: Tríptico del desierto. Será necesario leerlo antes de lanzar las piedras.

Por lo pronto, en entrevista, Sicilia recordó uno de los pilares de la poesía que es, quizá, ya el único producto humano que se ha resistido a la comercialización: "Escribir poesía es el último de los grandes actos gratuitos, el único que no ha sido contaminado todavía, gracias a Dios y a los poetas, por el mercado. Es la gran gratuidad y la gran alegría". Enhorabuena.