lunes, 7 de noviembre de 2011

Tomás Segovia, el "familar del mundo"

Hace un año Tomás Segovia (1927-2011) vino a Xalapa y tuve la fortuna de presentarlo aunque, en realidad, no era necesario. Reproduzco, a modo de homenaje, las palabras de aquel día.

Tomás Segovia es “el familiar del mundo”. Me parece que esta frase con la que Guillermo Sucre definió a Segovia en la ya lejana década de los ochenta aún sigue vigente. Pocos, realmente muy pocos son los poetas que, como él, vivieron de cerca y fueron protagonistas de una de las etapas más intensas y fructíferas de la poesía mexicana, esa que en la segunda mitad del siglo XX nos legó un cúmulo de nombres y obras hoy imprescindibles. En su lugar, parece obvio que cualquiera se dedicaría a cultivar un jardín complaciente, pero no él: Tomás Segovia ha tenido siempre una conciencia obstinada del tiempo y las circunstancias que le han tocado vivir. Por eso, no es nada más el autor de Anagnórisis o Casa del nómada: se le conoce no sólo como un crítico y polemista literario (los tomos de sus Ensayos junto con Poética y profética lo atestiguan) sino también como un intelectual con un profundo sentido ético.

Como cualquiera puede comprobar, Tomás Segovia insiste en su diálogo vivo y a veces conflictivo con la realidad: un vínculo tan puesto al día que no duda en recurrir a la red con esa naturalidad de la que sólo él es capaz. Así, su sitio en Internet se llama simplemente: El blog de Tomás. En las últimas entradas pueden leerse, por ejemplo, un comentario sobre los historiadores y la democracia en nuestro país tanto como un adelanto de sus “cuadernos de notas” (no Diario, aclara), en donde el poeta ha ido registrando el cauce de su pensamiento contrastado siempre con el ruido de afuera, reflexionando sobre las formas de la poesía más reciente o sobre el lugar de la poesía en el mundo actual: una constante en muchos de sus ensayos: “La poesía, dice Segovia, está fuera de lugar porque da fe de que el origen está perdido y es nostalgia del origen, pero en la globalización el origen no está perdido, sino borrado, oprimido y culpabilizado. La globalización no es ni lugar, ni nostalgia del lugar, ni mirada exterior que da sentido al lugar.” Lo cierto es que la poesía de Segovia, ávida de realidad, de música y de cuerpo, consigue hacernos visible el lugar verdadero, es decir, nos esclarece el mundo, le da sentido.

No es raro que un poeta que ha hecho de la errancia una metáfora de su condición –y aún de su elección– nos hable de nostalgia del origen... Pero decir exilio, para él, no es sólo hablar de una historia personal sino también de un destino que asume la vocación del nómada, buscando refundar el mundo donde haya lugar.

Tomás Segovia nació en Valencia en 1927 y al comienzo de la Guerra Civil emigró a Francia, desde donde viajó a Marruecos y después a México, lugar de adopción en el que vivió la mayor parte de su vida, hasta que volvió a España. En nuestro país y junto con Carlos Fuentes, dirigió la Revista Mexicana de Literatura. Más tarde, fue secretario de redacción de Plural, dirigida entonces por Octavio Paz. Asimismo, fue fundador y miembro de la revista Vuelta. En México se formó y escribió gran parte de su obra, la que se despliega en terrenos tan variados como el guión cinematográfico y la investigación lingüística; la narrativa, la traducción y la edición, para desembocar en lo que define como su pasión irrenunciable: la poesía. En 1998 el Fondo de Cultura Económica reunió sus libros de poemas bajo el título general de Poesía, 1943-1997, summa que es ya un clásico de nuestras letras y al que le han seguido otros títulos al paso de los años. De una u otra forma, en estos libros habla la voz del “familiar del mundo” (el errante por biografía y por vocación), pero también habla la voz de una memoria, la huella de un origen quizá más mítico que individual o anecdótico.

Para mi generación, como para tantas otras, la figura de Tomás Segovia es una presencia tutelar, es una casa en su más amplia acepción. Lo hemos leído, lo hemos discutido y no pocos lo hemos plagiado. El azar ahora me procura la fortuna de ofrecerle disculpas. Sólo después de tener en mis manos un libro que escribí bajo el que yo pensaba prístino título de Casa nómada, pude darme cuenta de una devoción que se cumple más allá de los nombres, pero también leí mi descarado plagio.

Hace cincuenta años Tomás Segovia publicó en la Universidad Veracruzana El sol y su eco. Esta casa editorial hoy lo recibe con el enorme gusto de quien mira volver a uno de sus hijos. “La travesía vuelve siempre a Ítaca”, ha escrito Segovia. “Todo es Ítaca, todo es el presente/ detrás de la memoria”. Con la lectura de estos versos quiero concluir para decirte las palabras que en tantos sitios y tiempos has oído: Tomás, bienvenido a tu casa.

domingo, 22 de mayo de 2011

Lucrecia y el fin del mundo

Según todos los vaticinios, ustedes que me escuchan y yo que leo, estamos muertos y somos sólo una especie de fantasmas. Probablemente, aunque nada lo prueba, aún sigamos vivos, pero los pronósticos dicen que en algún momento del día, este 21 de mayo de 2011 caeremos abatidos por la fuerza de un gran terremoto con el que dará inicio el fin del mundo; porque incluso para el mundo real, el Apocalipsis tiene una secuencia cinematográfica cuyo fin será en octubre: cinco meses de hueso y pesadilla.

Por qué entonces estamos aquí leyendo a Shakespeare. O, si no se acaba el mundo en las próximas horas, para qué vamos a leer el polvo viejo de un hombre que nos es tan ajeno. Qué puede decirnos esta historia, la de Lucrecia, que no miremos en forma cotidiana y a colores en la tele: una mujer violada, la historia del poder y de su abuso, sólo una muerta más y su estela doliente. ¿Para qué la leemos si volteando los ojos la violencia está aquí, junto a nosotros, como una mancha que carcome los muebles, que ningún cloro mata y que viene acompañando la historia de nuestra triste barbarie desde aquel lejano paraíso del que fuimos expulsados hace ya tanto y seguramente con justicia? Peor aún, ¿por qué vamos a leer la historia de Lucrecia, la fuerza de su indignación y su lamento, en esa forma rara, también ajena, que se llama poesía? ¿Para qué detendremos los ojos en esa forma, creada por el hombre o por dios o por los varios azares del DNA, según prefieran, que nos hizo cantar, en forma de poema, si podemos leer el periódico, ver la televisión o leer, en las ya incontables novelas sobre el narco, por ejemplo, la crónica mortuoria de nuestras atrocidades?


Dice Harold Bloom —ese espantoso reaccionario, dirán algunos miembros de lo que él mismo llamó “la escuela del resentimiento”— que William Shakespeare es el centro del canon occidental, que Shakespeare representa la invención de lo humano y que seguimos volviendo a él porque lo necesitamos; “nadie más —dice Bloom— nos da tanto del mundo que la mayoría de nosotros consideramos real”. El poema narrativo Lucrecia, o La violación de Lucrecia, fue publicado en 1594 y su argumento nace de una figura que ha inspirado a lo largo del tiempo un sinnúmero de interpretaciones sobre el significado de los actos que llevaron a Lucrecia, esposa de Colatino, al suicidio. De acuerdo con Tito Livio, los romanos sufrían bajo la tiranía política de Tarquino cuando su hijo, del mismo nombre, violó a Lucrecia quien llevó su vergüenza hasta el suicidio pero antes de hacerlo solicitó venganza. Para cumplir su deseo, Bruto levantó en armas al pueblo dando origen a una revolución política que marcaría el fin de la monarquía y el comienzo de la república. Lucrecia significa entonces no sólo la imagen de la castidad como la de la libertad y la fuerza moral frente al poder violatorio del Estado.


Escrito en estrofas de siete versos decasílabos con un esquema de rima ababbcc el poema narrativo de Shakespeare inicia con la cabalgata de Tarquino cuando va en busca de Lucrecia y termina con el juramento de Bruto de vengar la muerte de Lucrecia, cuyo cuerpo es transportado a Roma donde el pueblo, a la vista del oprobioso crimen, resuelve condenar a Tarquino a destierro perpetuo.

La venganza de Bruto no es entonces la muerte de Tarquino. Su carácter se revela, como en gran parte de la obra de Shakespeare como esa voz de una conciencia que inesperadamente trasciende el horror de las pasiones. Dice la obra:

Bruto, que antes extrajo
el nefasto puñal del seno de Lucrecia,

ante esta competencia de lamentos,

comienza a revestir su inteligencia

de dignidad y honor,

y en la profunda herida de Lucrecia

sepulta ya su aparente locura.

Porque entre los romanos

era como un bufón en medio de la corte.


“¿Es el dolor remedio del dolor?”, pregunta Bruto a Colatino, el afligido esposo, pocos versos antes del final. “¿Las heridas alivian las heridas? / ¿El pesar pone término al pesar?” El poema concluye la historia con la expulsión de Tarquino, que es una muerte más cruel aún que su desaparición física.

Quizá alguno de ustedes habrá tenido la curiosidad de contar los versos de la estrofa que leí y con asombro dirá: no son siete los versos que ha leído, no encontré alguna rima y no son decasílabos. ¿Qué hizo el traductor con Shakespeare?

El traductor de Lucrecia, publicado hoy por la Universidad Veracruzana, es un poeta que no requiere presentación. José Luis Rivas, ha empeñado en esta obra la fuerza considerable de una voz que trae hasta nosotros los siglos que separan a Lucrecia del primer día que vio la luz hasta hoy, con un lenguaje vivo. Rivas explica así su propósito: “Aquí hemos sacrificado algunos aspectos constitutivos de la Lucrecia shakespereana. La rima real del poema ha sido sustituida por estrofas nada regulares de seis, siete, ocho y has nueve líneas, con la pérdida consiguiente del decasílabo y la rima originarios".

¿Por qué Rivas hizo eso? Una reseña de la puesta en escena en España de esta Lucrecia, interpretada por la primera actriz Nuria Espert, lo dice mejor que yo: “La espléndida traducción de José Luis Rivas llega transparente, sin gota de retórica, sin voces extrañas: a caballo de una dicción cristalina, el poema parece iluminarse por esos relámpagos que Coleridge percibió al escuchar a Kean”.

Los relámpagos de la poesía, esa claridad eléctrica que nos desnuda de súbito, siempre son el presente. La poesía siempre es hoy, y eso es lo que consigue la notable traducción de José Luis Rivas en esta versión que es, como toda traducción verdadera, una restauración de lo que somos y hemos sido para enseñarnos, hoy, la miseria del hombre, pero también el prodigio de lo que hemos hecho posible gracias a la palabra. Las palabras de Shakespeare, las palabras de Rivas, se vuelven este día una misma asunción de lo mejor que hemos hecho para enfrentar el espanto del mundo.


Contra todo pronóstico, y a menos que en un segundo más caiga sobre nosotros la fe en el cataclismo, la poesía sigue viva porque va, junto a nosotros, con nosotros, mientras aún respiremos. En el prodigio de su forma podemos aún reconocernos. Por eso leemos a Shakespeare, por eso leemos a Rivas. Yo, que a lo mejor vengo hoy en forma de fantasma, podría decirles que lo único que se opone a la muerte es la belleza porque de toda la miseria del hombre es lo que acaso nos haga perdurables.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Malva Flores: de la introspección del poema al enojo

por Alejandro Toledo Oliver
fragmento publicado en Milenio y su versión íntegra en Riverrun

Para Malva Flores (Ciudad de México, 1961), la poesía es un libro móvil de respuestas íntimas. “Tú las encuentras cuando las escribes y si se publican en forma de libro puedes tal vez compartirlas. Es, para el que escribe, una explicación del mundo como experiencia de algo invisible: la tensión entre tu necesidad y tu deseo.”

En Luz de la materia (Era/Conaculta, 2010), construye un poemario de nostalgia y melancolía, doble viaje (de ida y vuelta) a la semilla; se lee ahí: “Nada regresa, nunca, igual a cuando fuimos”, aunque se da espacio luego a la esperanza del presente a través de la intuición poética: “Sólo nos queda el aire / este temblor de hojas”.
—¿Cuál es la historia de este libro?

—La mayor parte lo escribí cuando vivía en México, en un momento que entonces percibí como muy difícil en mi vida. Tenía necesidad de recordar el sitio de mi infancia como un asidero de paraíso y así, reconstruirlo desde la memoria. Eso ocurre en “Dominio”, la primera parte, y en “Mudanza del árbol”, la última. Pero quería también burlarme de mí misma, de la que era en ese momento y de la que yo hubiera querido ser entonces: eso es “Malparaíso”, la segunda sección del libro. Me tardé tantos años en publicarlo tal vez porque necesitaba poner una distancia entre el presente y lo que había escrito años atrás.

—¿Tu obra ensayística o tus investigaciones literarias tienen eco en los poemas?
—Ya había escrito la mayor parte de ese libro cuando un día desperté y me di cuenta de que ya no estaba triste, ya no me cuestionaba a mí, es decir, ya no escribía poemas: estaba enojada. El arribo de la tan deseada transición democrática a manos de un partido que no tenía interés real en la cultura mostró muy pronto lo vano de los afanes que habían dividido el mundo cultural pocos años atrás: parcela ya de nadie cuando Vicente Fox anunció el arribo de los head hunters y la cultura no quedó en manos de los grupos culturales que se disputaban el poder sino en la de “administradores” o gente del espectáculo de dudosos méritos culturales. Entonces, te digo, ya había pasado de la introspección del poema al enojo. No con el gobierno, que es lo más sencillo, sino con quienes habían dejado de criticarlo.

En esa época, dice Malva, no entendía ella por qué los poetas habían olvidado expresarse críticamente sobre los asuntos públicos. En su percepción, los mayores enmudecieron y la generación de poetas que debía relevarlos también guardó silencio, en su mayoría, o creyeron ver, acríticamente, un rayito de esperanza. Escribió entonces El ocaso de los poetas intelectuales, con el que obtuvo en 2006 el premio de ensayo José Revueltas. Sigue:

“Después vi que, en la debacle, no me había dado cabal cuenta de otra pérdida. Cada mes yo leía, discutía, me enojaba, me divertía y aprendía, leyendo una revista: Vuelta. Por muchas razones más, Vuelta se convirtió para mí en un personaje: odioso, amable, inteligente, contradictorio o entrañable, como son las personas. A su muerte, no la de Paz, a quien no conocí, sino al cierre de la revista, se perdió un interlocutor valioso, aunque fuera para discutir, o tal vez por eso mismo. Vuelta era también, de algún modo, una casa. En ‘Mudanza del árbol’, la última sección de Luz de la materia, yo quería volver al lugar de mi niñez porque uno cree que allí, en la infancia, fue feliz. Regresé entonces también a Vuelta, pero en ambos destinos ya no había casa. Aún así quise ver de nuevo el sitio, metafóricamente hablando, para saber qué había pasado. Afortunadamente, como todo personaje que se respete, Vuelta dejó un diario: las páginas de la revista...

Seguir leyendo en Riverrun

miércoles, 12 de enero de 2011

Los poetas dejaron de ser la voz incómoda

Miércoles 12 de enero de 2011 Abida Ventura | El Universal

(EL UNIVERSAL / México, D.F.) “No somos de razón / para atisbar la luz de la materia. Somos de voz / y por ello creemos que tan sólo nombrando / se da vida a las cosas: el ser que no nació, / la rosa que no pudo”, dice uno de los poemas que conforman el más reciente libro de la poeta Malva Flores, Luz de la materia.

Editado por Era, el libro propone “re-mirar lo que nos rodea para, tal vez, ser capaces de comprender lo que no tiene nombre, pero existe”, explica la escritora en entrevista.

La escritura del libro se desarrolla, según Malva Flores, entre lo que se ve y lo que existe -aunque ya no lo reconozcamos- y lo que creemos conocer porque le dimos nombre.

Divido en tres secciones, el poemario plasma un paisaje de recuerdos y sensaciones. La primera parte, “Dominio”, está integrada por 21 poemas que refieren a “la necesidad de abrir los ojos nuevamente para ver ‘la sombra de la flor’, es decir, todo aquello que está y estuvo aquí y es anterior a nosotros, pero lo hemos olvidado”, dice la autora.

“Malparaiso” es “un dialogo entre varias voces poéticas que no son más que una sola, la de una ‘bailaora’ coja, preguntándose sobre su circunstancia”.

En Luz de la materia se incluye también el poema “Mudanza del árbol”, el cual ya había circulado en una edición bilingüe en 2006 en Estados Unidos bajo el sello Literal Publishing.

En este largo poema la voz poética, según la narradora, se asimila a la forma de un árbol nómada. “En algún lado del poema escribí: ‘Uno se vuelve siempre / el árbol que lo habita’ y en el transcurso de las siete partes que lo componen intento ver la mudanza, interna y externa, de un yo poético que vuelve al lugar de su niñez y se atreve a mirarlo (y a mirarse), pero con otros ojos”, cuenta.

Horizonte de la poesía mexicana

Miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2000, la poeta y ensayista confiesa que lo que le inspira hacer poesía es la melodía que se puede crea a partir de las palabras: “Si a una melodía se le puede llamar ‘inspiración’ (término que me da más bien desconfianza), entonces eso es lo que me pone a escribir. Me interesa sobre todo el cuerpo musical de las palabras y la melodía que construyen cuando platican entre sí. Cuando aparece ese cuerpo, lo sigo. Me interesa contar una historia, pero aparece siempre con forma musical”.

Ganadora del Premio Nacional de Ensayo “José Revueltas” 2006, por su libro El ocaso de los poetas intelectuales, Malva Flores menciona que hasta hace algunos años era posible distinguir a los poetas mexicanos de los hispanoamericanos porque se trataba de una poesía “hilvanada y cantadita”.

“Todo estaba en su lugar pero, salvo notables excepciones, no encontraba una tensión formal que se arriesgara a salirse de tono. Hoy no podría suscribir esa opinión, aunque a mí me siga gustando hilvanar y cantar”, menciona.

Respecto al horizonte actual de la poesía mexicana, la autora de Casa nómada menciona: “Creo que somos tantos, que cualquier intento de panorama dejaría de lado propuestas interesantes, particularmente la de los poetas más jóvenes, que no tienen el peso de esa tradición sobre sus hombros. El olvido o el desconocimiento de la tradición puede llevarnos a repetir lo que las vanguardias latinoamericanas o la poesía norteamericana de hace más de medio siglo, ya hicieron”.

“De pronto leo poemas que me dejan muda porque no entiendo para qué se escribe una poesía que no intenta ‘decir’ y que sólo quiere ‘estar’, o, peor aún, pretenderse irreverente”, menciona.

Para Flores la poesía no tiene por qué ser solemne, pero tener como programa la irreverencia o la capacidad representativa del poema es para ella una “estrategia fallida”. “A lo mejor lo que ocurre es que ya no encontramos qué decir ni cómo hacer de eso que decimos una sustancia viva. O tal vez se crea que decir es algo que hoy ya no tiene sentido. Yo aún no lo sé”, reconsidera.

Calidad y carencia

La escritora considera que a pesar de que existe una calidad en la poesía mexicana actual, hay al mismo tiempo una carencia de lectores. Demanda también la carencia de una crítica especializada, “podríamos reclamar que las entrevistas y editoriales ya no se interesan por el género, pero mejor habría que reflexionar sobre la responsabilidad de los poetas en esa circunstancia”.

“La omnipresencia de Octavio Paz era un hueso casi imposible de roer, pero propició la discusión y la crítica de poesía más que nadie en la segunda mitad del siglo pasado. Lo verdaderamente dramático es que la mayoría de los poetas dejó de discutir, dejaron de ser la voz incómoda que se interesaba, más allá de la poesía, en los problemas de la vida pública y esa renuncia creo que no ha sido nada buena”, menciona.

A pesar de la poca difusión de la poesía en los medios tradicionales, la autora menciona que las nacientes plataformas virtuales pueden ser una opción. “Creo que aunque en Internet se puede encontrar toda la basura del orbe, también podemos hallar un sitio, más amplio quizá, para la conversación. La poesía también es eso: “una forma de platicar nuestra visión del mundo”, dice.

Respecto a la presencia de la figura femenina en la creación poética, Malva Flores menciona que no cree en las cuotas de género. “La poesía es buena o no lo es, independientemente del sexo de su autor”, dice.

Publicado originalmente en El Universal

lunes, 27 de diciembre de 2010

Todo se confabula para hundirme

A estas alturas del año decidí dar una vuelta por el antiguo mundo de las revistas con el único propósito de leer algo por placer. La tesis sobre Vuelta me ha mantenido alejada del mundo real hace muchos años y en cada cosa que leo encuentro signos que corroboran desde el futuro (o anunciaban en el pasado) la destrucción de un mundo que ante mis ojos un día se esfumó, dejando una polvareda que siempre asocio con la caída de las torres gemelas, no sé por qué. Decía que ando leyendo signos desde hace años. Esos afanes, y las urgencias que la vida me heredó después del derrumbe, me han impedido no sólo leer por el puro gusto de hacerlo sino que, además, no he podido concluir el proyecto, acariciado desde el siglo anterior, de volverme novelista.

Hace como 25 años escribí mi primera novela para el curso de Huberto Batis, un curso de teoría literaria que fomentó mi incapacidad para cualquier pensamiento abstracto, dice David, que padece mi dificultad para entender lo que yo llamo jerga y otros teoría. Advierto que la escritura de la novela fue uno de los trabajos solicitados al grupo por mi adorado profesor que nunca me enseñó alguna teoría pero es culpable de alentar mis vocaciones infantiles. Aunque él no me lo dijo, la novela era un bodrio, pero insistí en la narrativa: el resultado fueron dos libros de cuentos tan prescindibles que el segundo de ellos apareció sin que me diera cuenta y sólo cinco años después de que la UAM lo echara al mundo sin avisarme, mi marido halló algunos ejemplares polvosos en la Librería del Juglar, donde nos haríamos novios. Los ejemplares, sólo cinco, que logré conseguir de Las otras comarcas (Universidad Autónoma Metropolitana, 1990. Correo Menor) revelaban la barbarie de los editores o el mal karma que ando cargando cuando quiero ponerme a narrar: las erratas no podían ser consideradas escandalosas. Ahí había una señal divina que no quise comprender: en la escena de uno de los cuentos, el más ambicioso, el que ocurre en un lugar sin nombre pero que, presumiblemente, está en el desierto, en medio de la nada, el duende de las erratas hizo aparecer ¡un tren! irrumpiendo en la sala de la casa. Por eso nunca leo lo que publico, me avisen o no, del resultado.

Años más tarde, quise escribir una novela sobre la segunda guerra mundial, el plagio de una mujer a manos de un verdugo cuya afición menos violenta era escribir una nueva biografía de César Borgia, uno de mis ídolos. La novela alternaba el desembarco en Normandía con las delicadas formas de tortura que puso en práctica el hermano de Lucrecia y el hallazgo de un abanico, que algún cubano había logrado sacar por el Mariel, junto con otras escasas pertenencias. No recuerdo más de la novela. Sólo el título que aventuraba ya la cursilería del resultado: La sombra del castaño.

Cuando llegué a Xalapa necesitaba volverme una novelista famosa. No por la fama, sino por el dinero. Tres años dediqué a la escritura de una novela cuyo primer título fue Pasta de Conchos, el segundo, Hoy es domingo y el último, Saurio. No pude terminarla porque, como cualquier novela primeriza, era el cajón de los desastres, y eran tantos, que me la pasé llorando las 220 páginas que logré escribir. Como puede advertirse por sus títulos, la trama incluía a un personaje que se había salvado del derrumbe minero, un matrimonio de escritores que cada domingo se preguntaba qué había pasado con sus vidas, destruidas por haber creído en el espejismo creado por Octavio Paz (que en Saurio se llamaba sólo Lozano) y un poeta viejo y ridículo —adorador de Hölderlin y aquejado de cáncer de próstata— que había decidido, para refutar a Bolaño, crear una red virtual de defensa de la poesía. También aparecía mi abuela, que predijo el temblor del 85 (y Huberto Batis es testigo de que así fue) y todos cuantos habían pasado por mi vida. La extensión del drama hacía suponer que la novela se convertiría en Terra nostra. Ya me estaba molestando mucho el hecho de que ese año fueran premiadas varias novelas cuyos personajes eran poetas, pero lo que me desalentó definitivamente, además de mis lágrimas, fue que Sergio Pitol —no uno de los personajes de mi fallida novela, sino el de carne y hueso— me preguntara si ya tenía un agente. Los poetas no tienen agente y entonces comprendí que el hilo conductor de la novela (la entrevista a un poeta que ha ganado el premio más importante de narrativa) era imposible. El otro carril de la novela, la idea de que no hay azar sino destino, se hizo realidad.

Hace dos años, volviendo de Guadalajara, en el avión vi algo que me sorprendió. Varios asientos delante de mí, una mujer se pintaba. Yo sólo podía ver el reflejo de sus ojos en el espejo que de manera muy extraña sostenía y el talón de su pie descalzo, que acariciaba amorosamente con el otro. De pronto, un movimiento del avión reveló la verdad. No había sido un movimiento brusco: ella no tenía mano y sostenía el espejo en la esquina que forma el codo. El regreso de Veracruz a Xalapa lo hice con Sergio y durante el trayecto le dije que esa escena me había impresionado tanto que se me antojaba escribir, por el sólo gusto de hacerlo, una novela de amor, corta, que iniciara justamente con esa escena: un hombre mirando aquel pie desnudo. Con el paso de los días, la novela empezó a tomar forma. Sergio me prestó muchos libros sobre actrices famosas porque decidí que el personaje principal de mi novela sería una actriz en decadencia. Pero detuve la escritura de la novela porque la maldita tesis me reclamaba como un hoyo negro.

Hoy, a las cinco de la mañana, me levanté para seguir escribiendo el capítulo de la tesis llamado “La campaña de las letras”. Estaba furiosa porque en mis estúpidas y recurrentes mudanzas había perdido el libro de sor Juana que Vuelta publicó y que desató una polémica entre Paz, Alatorre y otros más. Harta, decidí volver al viejo mundo de las revistas sólo por el gusto de leer. Cometí un error. Abrí el portal de Letras Libres y ahí estaba el azar, guiñándome un ojo. Las primeras líneas del cuento de Villoro dicen:

Nunca antes me había cautivado un pie, al menos no de ese modo. Me senté en el asiento del avión, bajé la vista y sentí, de manera intensa e inconfundible, que los dedos bajo la trabilla de una sandalia reclamaban mi atención. Un pie leve, delicado. Mi excitación me sorprendió por varias razones: eran las seis de la mañana y la realidad se deslizaba ante mí como una deficiente película mexicana.”

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La revista equivocada, el espejismo

Los poetas te meten en unos líos horrorosos. Tú llevas a un poeta a ponerle una condecoración y te puede llegar hecho un asco, ponerse a gritar, querer pellizcarle el culo a la ministra, los poetas son imposibles.

Félix de Azúa

Cuando leí las palabras de Azúa en una entrevista reciente, solté la carcajada. Imaginé al contingente de poetas heroicos, “imposibles” y recordé las palabras de un querido amigo, crítico consagrado, mientras nos dirigíamos a participar en una mesa redonda durante alguna feria de libro: ese espacio que impone una competencia no escrita sobre el número de libros adquiridos y del que salen los compradores con bolsas cargadas de volúmenes que nunca alcanzarán la gracia de la lectura. “No gana uno para vergüenzas con los poetas” (cito de memoria), dijo mi amigo, aludiendo a un escándalo protagonizado por los bardos en el recinto ferial.

Yo caminaba junto a él entre los numerosos “stands” como quien transita el pegajoso túnel de los rastros: nuestra participación, junto a dos exitosos narradores, consistía en hablar de nuestros “rituales” de escritura. Un auditorio atestado esperaba a los escritores, anhelando conocer qué ritual, qué extraña anomalía hacía de quienes se sentaban a la mesa, seres extraordinarios, fabulosos animales de un circo “de mentiritas”. El resultado era previsible. Los narradores exitosos hicieron gala de sus manías y alguno de ellos, como en el palenque, documentó con claridad que la crítica le tenía sin cuidado. Él sólo escribía para ese público fervoroso, que fervorosamente le aplaudió arrobado. Mi amigo el crítico se defendió como pudo del anonimato que cayó sobre mí, pues no pude inventar alguna manía distinta a la de levantarme a las cinco de la mañana y tomar café. Hubiera podido hacer gala de algún extraño padecimiento; tal vez necesitaba decir que, debido al género literario que practico, antes de escribir un poema debo tomar cuatro cervezas. ¿Habría sido simpático discurrir sobre la revisión del canon en el escusado y otras licencias fisiológicas? Quizá debí asumir la personalidad de Bolaño antes de volverse estrella. Nada se me ocurrió y comprendí que yo era una vieja poeta “de mantel”, como llaman ahora a los poetas que no practican gimnasia en el escenario y no disponen de un aparato esotérico-pictórico-musical que los acompañe.

Todo eso recordé cuando leí las palabras de Azúa. Imaginé (y luego comprobé en Facebook) que la cita tendría mucho éxito (entre los poetas, naturalmente). Siempre es lindo sentirse el descarriado. Es heroico y viste bien ser el chivo en la cristalería. Ser “incómodo” ha sido la función de los poetas pero, además de pellizcarle el culo a la ministra, de levantarse en el foro como los antiguos aedas, o de protagonizar escándalos en las ferias y pasillos literarios, los poetas eran incómodos porque eran críticos (no sólo de poesía). Eso también ya está pasado de moda. Lo de hoy es decir: “yo sólo leo poesía (extranjera, naturalmente; eslava o anglo de preferencia)” y “yo sólo escribo poesía (irreverente, por supuesto; de preferencia no sublime ni solemne)”.

Algunos se han quejado de la falta de crítica de poesía en las revistas y suplementos literarios. Yo misma he dicho que en las publicaciones actuales la poesía es como la figurita de Lladró con la que se adornan algunas casas para recibir a los invitados. El espectáculo no puede ser más triste pero es común en todas nuestras revistas culturales que aspiran al canon hemerográfico. En general, los artículos sobre poesía son escasos. Las reseñas, un desierto.

Una revisión de algunas de las revistas puede constatarlo. Elegí cuatro: dos revistas independientes de alto tiraje; una subvencionada por el estado y otra, también subvencionada, pero universitaria.

En enero, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica le dedicó todo el número a la poesía pero no a su crítica o reflexión. Se trató de una extraña antología de “las voces más representativas del catálogo de poetas con que cuenta el Fondo”. En ella Sor Juana departe con Feli Dávalos, por ejemplo. Guadalupe Amor y César Vallejo, Rosario Castellanos y Ezra Pound, Elías Nandino y Pavese comparten también páginas en un orden cuyo criterio sólo Dios puede conocer y del que eliminó de un plumazo a poetas esenciales del catálogo de Tierra Firme, a la mayoría publicada en Letras Mexicanas y la obra poética de Octavio Paz, completa. La portada se ilustró con obra de Vlady: inmensos elefantes sobre escaleras que no van ni vienen de lado alguno, un arco del triunfo en llamas, vigas de una construcción en ruinas y la figura de un hombre que desnudo y de cabeza parece caer siguiendo al mundo. Esa imagen, junto al título del número de enero —“Poesía en el Fondo”— muestra la sagacidad de sus visionarios editores. Pero después de ese inicio alentador, la poesía fue enviada nuevamente al fondo. Un artículo de Alfonso Reyes sobre San Juan de la Cruz es, como en el futbol, el gol de la honrilla para La Gaceta, hasta octubre. Pero ¿a quién le importa ese partido?

La Revista de la Universidad, refrenda su tradición pues, como dice David Huerta en uno de sus artículos: “Las ediciones universitarias siempre han tenido lugar para la poesía”. En los últimos diez meses publicó una veintena de artículos sobre poesía, 70% de los cuales corresponden a buena parte de los asuntos que trataron las columnas de dos poetas: Adolfo Castañón (“A veces prosa”) y el propio Huerta (“Aguas aéreas”). El resto se ocupó, en este año bicentenario, de nuestros poetas muertos o de nuestros poetas premiados. Hubo dos reseñas y algunos poemas, entre los que destaca la selección de Ramón Xirau: “Seis poetas catalanes”. (Un paréntesis: leyendo el hermoso texto que Christopher Domínguez escribe sobre Valery Larbaud —“El príncipe de la curiosidad”, en su columna “La epopeya de la clausura”— me asalta una revelación sobre las migraciones literarias. Domínguez, Xirau, Castañón y hasta De la Colina e Hiriart, en esta revista, me hacen recordar otras).

De Nexos no habría por qué sorprenderse si se encuentran menos artículos sobre poesía que dedos de la mano, algunas alusiones en “Estante” y tres reseñas, que ya vienen siendo un “aporte significativo o emblemático” (para decirlo académicamente) del interés que el género despierta en los editores. Sin embargo, atentos al papel intelectual de los poetas, en el número de abril publicaron un ensayo de Amado Nervo, “La eutanasia”, que ya habían incluido en noviembre de 1995 y que fue publicado en 1913 por primera vez.

¿Cómo no sentir júbilo al ver que Letras Libres, religiosamente, incluye al menos tres poemas mensuales y publicó durante el año cinco artículos sobre poesía y una reseña de libros de poesía en promedio por número? De sor Juana para acá el amplio espectro de sus novedades reseñadas debe alegrarnos. Ya no me alegro tanto cuando veo que entre los “Doce libros del siglo XX mexicano”, que mes a mes comentaron, no hay uno solo de poesía. Ni Muerte sin fin, Nostalgia de la muerte, Los hombres del alba, Libertad bajo palabra, No me preguntes cómo pasa el tiempo y tantos otros pudieron alcanzar un boleto de entrada al canon centenario. Como la nota que acompaña el inicio de la serie advierte que “La Historia no sólo la hacen los actores sociales y políticos, también quienes la piensan y escriben”, imagino que los libros de poesía no entran en esa clasificación porque es un género que tiene una relación nula con la Historia…; no así la revista Examen, dirigida por Cuesta, que puntualmente fue comentada por Guillermo Sheridan. (Aún tengo esperanzas pues en el número de diciembre, estoy segura, alguien hablará de la Suave patria, poema que no podemos dejar en el olvido si deseamos propiciar la lectura de “títulos indispensables para entender el México del siglo XX”.)

La crítica de poesía está a la baja...Seguir leyendo en Guardagujas núm. 17 (diciembre, 2010)

sábado, 25 de septiembre de 2010

Una revista es... I


Una revista...

  • Hay tres poderes en Francia: la banca judía, el partido comunista y la NRF. ¡Comencemos por la NRF! (Frase atribuida a Otto Abetz, embajador de Hitler en París)
  • Una de las instituciones centrales de la vida intelectual. (Lewis Coser. Hombres de ideas)
  • Examen es una revista que sólo circula entre un reducido grupo de personas inteligentes. (Jorge Cuesta, “La política de la moral”. Examen 3)
  • Enseña las cubiertas, que vienen a ser las alas de ese efímero y frágil díptero: la revista. Eugenio D’Ors
  • Una revista, querido lector, no es en el fondo más que una conversación. Enrique Krauze, Letras Libres 1
  • La revista debiera diferenciarse del libro como lo público de lo privado. El libro es la obra hecha cosa, orgánica e impersonal. Pero la vida intelectual actúa también en formas previas, preparatorias, confidenciales –se compone también de juicios tiernos, de sospechas, de curiosidades, de insinuaciones, fauna exquisita y delicada que no puede vivir aún en perfecta separación de su autor, que sólo alienta en un clima de confesión, de intimidad. (José Ortega y Gasset “Sobre un periódico de las letras”. La Gaceta Literaria, 1)
  • Algo menos que una religión y algo más que una secta. (Octavio Paz sobre Sur, en “Victoria Ocampo.” Vuelta 30)
  • Las revistas literarias no sólo expresan rupturas entre las generaciones sino que también son puentes entre ellas. (Octavio Paz, “Quinta Vuelta”, Vuelta 60)
  • Las revistas, esas nebulosas, cargadas y finas, que llenan los intersticios entre los libros son, claro, materia transitoria, son laboratorio y producto terminado al tiempo. Alfonso Reyes
  • Es una pequeña barca (Alejandro Rossi, citado por E. Krauze, “Una larga travesía”, Vuelta, 242)
  • La mala sangre que me habré hecho en Sur. Victoria Ocampo “Una carta de Victoria Ocampo” Vuelta, 169)
  • Una revista es intransferible. Si una revista sobrevive a sus au­tores, ha sido plagiada por la institucio­nalidad. (Guillermo Sheridan)
  • La buena revista es un enterrador pero también una pitonisa (Guillermo Sheridan, “Taller”, Le Discours culturel dans les revues latino-américaines de l'entre deux-guerres, 1919-1939).
  • Las revistas brotan, en cierto momento, tan inevitablemente como los barros en la cara. (Rafael Solana, Las nuevas revistas literarias de México)

Principios y propósitos (Lo que son, lo que fueron, lo que deseaban ser)

  • Alcaraván es de vosotros, está escrito para vosotros, y acogerá en su seno lo mejor de cada uno, sin distinción de ocupaciones ni diferencias sociales, porque para llegar hasta él sólo se exige un manojo de versos como carta de presentación”. (Presentación de Alcaraván, 1)
  • Llamaremos a nuestras filas a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas, y aceptaremos su auxilio con agradecimiento y con cariño. Muy felices seríamos si lográsemos por este medio apagar completamente los rencores que dividen todavía por desgracia a los hijos de la madre común” (Ignacio Manuel Altamirano, El Renacimiento 1)
  • [Vuelta] no ha sido nunca una revista que pretenda publicar a todos los escritores; ni siquiera a todos los buenos escritores. No ha sido una antología ni un inventario ni un catálogo. Es, decía al principio, una casa, un lugar de reunión, una red de relaciones amistosas, afectivas, intelectuales. (Aurelio Asiain, “Brindis.” Vuelta 242)
  • Aspiramos a renovarnos, a realizar una nueva aventura más periodística [...] ofreceremos reportajes y entrevistas; los ensayos de los escritores más reputados en México, en América Latina y en Europa [...] que recojan las preocupaciones, las ideas de nuestro tiempo, la lucha eterna que libran pensadores, artistas y científicos tratando de dar forma a un mundo más racional, más libre, menos injusto y angustiado (Fernando Benitez, La Cultura en México, 1).
  • Las historias de la literatura argentina propenden a la acumulación de nombres propios y de fechas prolijas […] Alguien, en un porvenir no lejano, tendrá el valor de reducir esta historia a sus grandes líneas y entonces resultará evidente la compleja y benéfica labor que Sur ha ejecutado en América. Éticamente, ha defendido la causa de la democracia contra las dictaduras; intelectualmente ha mantenido viva esa curiosidad universal que, según declaré, es acaso el rasgo mejor de los argentinos. (Jorge Luis Borges, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura).
  • Somos herederos de una tradición intelectual que por más de dos decenios encarnó en la revista Vuelta de Octavio Paz. Creemos en la calidad literaria y la claridad intelectual, en la libertad política y la democracia. (Enrique Krauze, Letras Libres 1)
  • La raíz de Verbum, de Espuela de Plata, de Nadie Parecía, de Orígenes fue la amistad, el trato frecuente, la conversación, el paseo inteligente. Estábamos muy al lado de los pintores […] y de los músicos. Esta amistad estaba por encima de hacer o no hacer revistas, porque las revistas fueron desapareciendo y la amistad ha subsistido. Claro que este tipo de amistad intelectual es extremadamente complicada, sutil, laberíntica, hecha de avances y retrocesos como la lucha de siempre entre el toro y la sutileza del cordel mediterráneo”. José Lezama Lima (Recopilación de textos sobre Lezama Lima, Pedro Simón (ed.). La Habana: Casa de las Américas, 1970, p. 14-15).
  • Los escritores agrupados en torno a Libre se proponen defender las aspiraciones liberadoras de la época en que vivimos, y en su búsqueda de la más alta libertad intelectual y estética modelada por el ideal revolucionario, someter iglesias y sistemas a una crítica necesaria y purificadora (Presentación de Libre, 1).
  • Nexos quiere ser lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones; punto de enlace para experiencias y disciplinas […] (Presentación de Nexos, 1)
  • Waldo, en un sentido exacto, esta revista es su revista y la de todos los que me rodean y me rodearán en lo venidero. De los que han venido a América, de los que piensan en América y de los que son de América. De los que tienen la voluntad de comprendernos, y que nos ayudan tanto a comprendernos a nosotros mismos. Las cualidades de su América, Waldo, son secretas como las cualidades de la mía. Lo que su América grita con voz estridente no es tal vez exactamente lo que grita la mía, pero nuestro odio va hacia ello por las mismas causas. (Victoria Ocampo. “Carta a Waldo Frank”, Sur, 1).
  • Savia nueva y crepitante nos da derecho a vivir. Ideales sinceros e intensos, nos dan derecho al Arte. He aquí explicado por qué somos y a qué venimos. (“En el umbral”. Editorial de presentación de Savia Moderna 1).
  • “Servir al pensamiento de México, exaltarlo y enaltecerlo, obliga a superar partidarismos, a desentenderse de capillas ideológicas y a saltar sobre las intolerancias. [...] El culto a la Patria no es exclusivo de esta o de aquella capilla. En la derecha tradicionalista, en el centro que aspira al equilibrio moderado, en la izquierda impaciente y apasionada, vive y alienta el pensamiento mexicano” (Siempre! 1).